Wikichicos/Leyendas/El Dorado

La balsa muisca es una figura artística de orfebrería precolombina votiva. La figura hace alusión a la ceremonia de la leyenda de El Dorado. Fue hallada por tres campesinos a principios de 1856 en una cueva en Pasca (Cundinamarca).

El Dorado es un legendario reino o ciudad, supuestamente ubicado en el territorio del antiguo Virreinato de Nueva Granada, en una zona donde se creía que existían abundantes minas de oro.

La leyenda se origina en el siglo XVI, en Quito (Ecuador), cuando los conquistadores españoles tienen noticias de una ceremonia realizada más al norte (Altiplano Cundiboyacense), donde un rey se cubría el cuerpo con polvo de oro y realizaba ofrendas en una laguna sagrada.

Los indios contaban una historia fabulosa sobre tesoros, como quizá nunca los soñara la imaginación más fecunda. En la historia sobresalía, la fantástica ceremonia del cacique, durante la cual, desnudo y cubierto su cuerpo de fino oro en polvo, lanzaba al agua hermosísimas ofrendas en oro y esmeralda, que arrojaba al fondo de la laguna como tributo a la diosa tutelar de su pueblo, que allí moraba.

Referían, también, cómo, después de las sagradas ofrendas, el cacique se sumergía en el agua, despojándose, así, del oro que cubría su cuerpo. Esta ceremonia, o rito, según los indígenas, se repetía con alguna frecuencia.

La historia fue suficiente para despertar en el aventurero conquistador Sebastián de Belalcázar, toda su codicia, toda su ambición, la que se convirtió, para él, en verdadera obsesión. Deseaba conquistar esta tierra fabulosa que le daría inmensas riquezas y, con ellas, poder y posición.

Esta noticia era la que le llevaría al poder y la gloria. Sin embargo, le asaltó el temor de que la leyenda llegase a oídos de otros conquistadores, tan ambiciosos como él, y que se le adelantasen en la empresa. O, quizá, uno de sus superiores, como el mismo Pizarro, al saber de tan fabulosas riquezas, quisiera llevar a cabo la conquista para su exclusivo engrandecimiento.

Esta idea no le dejaba en paz, ni le daba sosiego. Un día tuvo una idea para que nadie se enterase de sus planes de conquista.

Convino con sus allegados, con quienes compartía el secreto de la leyenda y quienes, seguramente, lo acompañarían en la aventura, que, al hablar de los planes que tenían para la conquista, y al referirse a la tierra donde existían tantas riquezas, siempre se hablase de ella como la de “el Dorado”.

En esta forma no se correría el riesgo de que alguien supiese de los fabulosos tesoros, ni dónde estaban ocultos. Fue así como nació el nombre de esta extraordinaria leyenda.

Ahora bien, cuando Sebastián de Belalcázar llegó a la tierra de “El Dorado”, ésta ya había sido conquistada por Gonzalo Jiménez de Quesada — quien había sentado reales en sus vecindades y fundara a Santa Fe de Bogotá - y la leyenda de los ritos en la laguna se estaba difundiendo, como pólvora, entre los conquistadores.

Pero no sólo esta fantástica historia llegaba a oídos de los ambiciosos aventureros ibéricos, sino, también, de las innumerables ofrendas que se hacían en otras lagunas y remansos destinados para hacer ofrecimientos a las divinidades tutelares. Estas ofrendas eran, casi siempre, en figuras de oro puro y esmeraldas.

Las noticias de estas ceremonias, de estos rituales en las lagunas y ríos sagrados, volaron a todos los confines de España y, de ahí, a todos los rincones de la tierra. “El Dorado” era, así, un sinónimo de riqueza, de fabulosos tesoros, de una tierra de promisión, América.

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