Latín/Capítulo 1 La situación lingüística del latín

La situación lingüística del latín

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El latín, al igual que el griego, pertenece a la familia de las lenguas indoeuropeas, un grupo de lenguas que tiene este nombre por la circunstancia geográfica de que todas eran habladas sobre un área que se extendía desde la Península India hasta el océano Atlántico. No todas estas lenguas nos son conocidas por documentos que se remonten a la misma época y presentan entre sí diferencias; pero más allá de estas diferencias aparecen rasgos comunes que señalan entre ellas un parentesco genético. Todas parecen haber derivado de una lengua común.

La lengua común a partir de la cual alteraciones particularizantes han llevado a las lenguas indoeuropeas conocidas se denomina tradicionalmente indoeuropeo (véase también proto-indoeuropeo).

Del indoeuropeo no se tiene ningún documento escrito, y no hay información arqueológica. Es una noción puramente lingüística, un nombre para designar una lengua concebida como la incógnita de una serie de ecuaciones lingüísticas. Entre lenguas como el latín, el griego o el sánscrito, se observan, como entre las lenguas románicas, una serie de correspondencias.

Para los numerales, por ejemplo:


Latín Griego Sánscrito
tres τρεῖς tráyah
quattuor τέτταρες catvárah
quinque πέντε pánca
septem ἑπτά saptá


Para los nombres de parentesco:


Latín Griego Sánscrito
pater πατήρ pitár
genitor γενέτωρ janitr-
māter μήτηρ mātár-


La distancia geográfica o cronológica excluye entre estas lengua el préstamo, lo concreto de las nociones expresadas excluye el azar, y solo subsiste como explicación razonable un origen común.

Sin embargo, el simple parecido de una lengua a otra de palabras de un mismo sentido no basta para determinar que están emparentadas. La certeza nace de la correspondencia, que consiste en establecer que a un determinado elemento de una lengua A le corresponde siempre (salvo excepciones explicables) otro elemento fijo, no siempre parecido, de una lengua B. La gramática comparada descubre y codifica estas correspondencias, y reconstruye, a partir de ellas, un arquetipo, la forma de la palabra (el nombre, el adjetivo, el verbo...) en indoeuropeo.

Las lenguas indoeuropeas mantienen, pues, con el indoeuropeo una relación parecida a la que las lenguas románicas (que derivan, como consecuencia de alteraciones particularizantes, del latín tardío) mantendrían con el latín, si, por algún motivo, no hubiera quedado del latín ningún testimonio escrito: las correspondencias entre ellas permitirían descubrir un origen común y reconstruir los rasgos generales de esa lengua originaria.

A pesar de la falta de datos arqueológicos y antropológicos, la misma lingüística, examinando las correspondencias léxicas, y lo que pudo ser su vocabulario permite conocer un poco el medio concreto en que se habló en indoeuropeo.

Los nombres de los árboles meridionales no permiten reconstruir arquetipos. En cambio, los nombres de árboles y animales septentrionales, como el haya (lat. fāgus = gr. φηγος), el lince (lat. lynx), el oso (lat. ursus), sí presentan de una lengua a otra las correspondencias normales, que muestran que derivan cada uno de una denominación indoeuropea común. Se concluye, por tanto, que los usuarios del indoeuropeo eran pueblos nórdicos, que vivían en las llanuras septentrionales de Europa o de Asía occidental.

En cuanto al tiempo, como la lengua indoeuropea histórica más antiguamente atestiguada se sitúa hacia mediados del II milenio a. C. (-1500), se calcula, dejando un período de tiempo de entre 500 y l000 años para que se produjeran las migraciones desde el norte, y la evolución lingüística, que los pueblos indoeuropeos conocieron la unidad en torno al III milenio (3000-2000).

Las denominaciones comunes del carnero (lat. aries), el buey (lat. bos), el caballo (lat. equus), el cerdo (lat. sus), y el bronce (lat. aes) (pero no el hierro), permiten deducir que los indoeuropeos conocían la cría de ganado y la metalurgia.

En cuanto a la organización social, la unidad superior es la tribu; una unidad inferior, es la de la casa (*domo-) y todos los que viven en ella, con un jefe, (lat. domi-nu-s, sanscr. dámu-na-h). La familia, o el "clan" sería una unidad intermedia, fundada sobre la comunidad de sangre, y tiene también un nombre indoeuropeo común (lat. genus, gr. γένος, sanscr. jánah), igual que los individuos que la componen, designados por una serie muy coherente de nombres de parentesco. Por encima de la tribu no aparece el nombre de ninguna unidad superior, ni organización estatal. Parece que los pueblos indoeuropeos conocidos no conocieron ninguna forma de centralización y en su forma de vida estaba muy arraigado el viaje, que seguramente hay que poner en relación con las necesidades de la vida de los pastores y la práctica de la trashumancia.

Esta diáspora es seguramente el factor que más influyó en el desmembramiento del indoeuropeo en dialectos, que luego se convertirían en lenguas autónomas. Pero también hay que contar con que una población desprovista de organización centralizadora, repartida en tribus y clanes, es probable que no haya accedido nunca a una unidad lingüística estable, y fuese propensa a la formación de variantes lingüísticas.

Las principales lenguas indoeuropeas, en el orden cronológico en que se sitúan los documentos más antiguos que permiten conocerlas son las siguientes:

  1. El hitita, utilizado a mediados del segundo milenio a.C. sobre la llanura anatolia (Turquía), descifrado en 1916.
  2. El griego antiguo que se conoce a partir de aproximadamente el 1400 a.C. por los documentos "micénicos", escritos en grafía silábica (el tipo llamado Linear B, o LB), descifrados en 1953 por Michaël Ventris (+ 1956). (Hasta esa fecha, los documentos en griego más antiguos eran las obras atribuidas a Homero).
  3. Las lenguas indias: el sánscrito védico, lengua religiosa (cuyos textos más arcaicos datan en torno al año 1000 a.C.), el sánscrito clásico, algo más tardío, una lengua literaria, utilizada para la filosofía y la ciencia, y los prácritos, lenguas vulgares, de las que probablemente derivan las lenguas indias actuales, cuyos primeros documentos conservados remontan a en torno el siglo III a.C.
  4. Las lenguas iranias, muy relacionadas con las lengua indias, conocidas a partir del 1er milenio a. C.
  5. Las lenguas itálicas (osco, umbro, latín, falisco, etc.) también atestiguadas en el 1er milenio a. C.
  6. Las lenguas célticas, el galo, o céltico continental, conocido por unas pocas inscripciones del Norte de Italia y de la Galia (sobre todo Narbonense) y el céltico insular de una de cuyas ramas deriva el gaélico.
  7. Las lenguas germánicas, conocidas a partir de siglo II d.C. por las inscripciones escandinavas; gótico o germánico oriental (desaparecido), germánico septentrional, cuya desmembración ha producido las lenguas escandinavas (islandés, danés, noruego, sueco); y un germánico occidental o westico, subdividido en alto-alemán (ancestro de diversos dialectos, y, entre ellos, el que había de convertirse en alemán moderno); bajo-alemán (con el que se relacionan el neerlandés y el flamenco), algunos de cuyos dialectos están en la base del inglés antiguo, llevado a Gran Bretaña y desarrollado sobre el terreno.
  8. El tocario, conocido en el siglo VII, utilizado en el Turquestán chino, y que comporta dos variantes: el "tocario A", y el "Tocario B".
  9. El armenio, conocido en siglo IX.
  10. El eslavo, tambien del siglo IX, con el que se que relacionan, entre otros el búlgaro, el checo, el polaco y el ruso.

El latín es conocido a partir del 1er milenio a.C.; pero no hay sobre él documentos abundantes más que a partir del 240 a.C.

Desde ese tiempo, ha sido usado como lengua escrita hasta época reciente, en usos literarios, jurídicos, diplomáticos o litúrgicos. Como lengua hablada, es difícil fijar la fecha en que dejó de usarse, porque el paso del latín, incluso alterado, a una lengua románica, ha sido siempre gradual: la conversión de los particularismos locales en nuevas lenguas sin que nunca una generación tuviese la sensación de hablar una lengua distinta a la de la generación anterior.

Respecto a la geografía, el latín, ocupó parte de Europa y de África, pero al comienzo es solo el idioma de una pequeña comunidad de origen indoeuropeo, que vino a establecerse (¿A principios del 1er milenio a.C.?) en una pequeña región de Italia central, el Latium. En Italia convive con otras lenguas, y no está en una situación de privilegio. En la península itálica había lenguas no indoeuropeas, como el etrusco, probablemente importado del Oriente egeo o asiático; lenguas indoeuropeas, pero que no pertenecían al grupo itálico: como el galo, al Norte; el mesapio, un dialecto ilirio que había franqueado el Adriático, y que aparece en inscripciones encontradas en Apulia; y sobre todo el griego, importado a Italia meridional y Sicilia; y, por último, una serie de lenguas más estrechamente emparentadas, que constituían el grupo itálico, de origen indoeuropeo:

  • El osco de Campania.
  • El umbro;
  • Varios dialectos “centrales” (marrucino, vestino, marso, pelignio...);
  • El latín;
  • El falisco, a veces considerado como forma dialectal del latín, pero que es, de hecho, una lengua autónoma;
  • El véneto, hablado al Norte en los valles de los Alpes, hace poco considerado como dialecto Ilirio, pero identificado como lengua itálica emparentada con el latín después de los trabajos de M. Lejeune.

Esta situación no permitía prever la extensión del latín, que no sobresalía ni por el número de hablantes, ni el prestigio asociado a una lengua de civilización. La historia de Roma y, sobre todo, la progresiva conquista por Roma de toda Italia convirtieron al latín en la lengua del poder político que se impuso en la administración, el derecho, el comercio y, por último, también en la cultura, y redujo a las demás lenguas al estado de idiomas locales.

En lo que se refiere al parentesco lingüístico, el latín se clasifica entre las lenguas indoeuropeas occidentales:

  • Conserva intacta la oclusiva k (centum pronunciado ['kentum]), en lugar de palatizarla como hacen las lenguas orientales llamadas çatám (satem), por el nombre que adopta en sánscrito el número "cien" (ver isoglosa centum/satem);

Sin embargo, y a pesar de esta pertenencia occidental, presenta ciertas peculiaridades de detalle, que no se reencuentran más que en lenguas orientales, el hitita y el sánscrito. Dentro de las lenguas occidentales, presenta una serie de rasgos comunes con el osco – umbro y el céltico, y otros exclusivamente en común con las lenguas itálicas.

La teoría más aceptada establece, por tanto:

  1. Que existió una comunidad itálica que utilizaba como idioma un “itálico común”, del que proceden las lenguas itálicas.
  2. Que los rasgos que caracterizan al latín frente a las demás lenguas itálicas (infinitivo en –se; futuro en –bō; generalización en perfectum de la característica –w-) han debido generalizarse con posterioridad a la fragmentación de esta comunidad itálica, mientras que los rasgos por los que se aproxima a ella forman, en cambio, parte de esta herencia común.
  3. Que la comunidad itálica procede, a su vez, del fraccionamiento de una comunidad lingüística más antigua, la comunidad italo-céltica.

Luego es ya imposible determinar con precisión un nuevo estadio, intermedio entre el italo-céltico y el indoeuropeo.

El sistema fonológico latino

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Los fonemas consonánticos

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El sistema consonántico del latín clásico presenta los siguientes elementos:

  • 3 oclusivas sonoras: / b /, / d /, / g /, que no aparecen nunca a final de palabra. (En la escritura la letra, el grafema G representa siempre el fonema oclusivo y sonoro / g /: gaudium, gerere, gigno).
  • 3 oclusivas sordas: / p /, / t /, / k / , de las que solo –t es frecuente en posición final.

(La letra c responde siempre al fonema / k / : Caesar, cedere, cinis, Cicero ...)

  • 2 labiovelares: / g(w) / , que solo aparece tras –n en interior de palabra: anguis, sanguis ... / k(w) / , al que corresponde el dígrafo qu-
  • 2 fricativas: / s / , que no aparece en posición intervocálica, donde evoluciona a –r

/ f / , que solo aparece en posición inicial de palabra.

  • 2 semivocales: / y / , escrita [i] : iacio, iam, iuventus ... / w / , escrito [u]: uetus, uincere, uadere ...

Los fonemas vocálicos

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Hay 10 vocales, 5 breves y 5 largas: ă, ā, ĕ, ē, ĭ, ī, ŏ, ō, ŭ, ū (las vocales largas se indican con una rayita encima).

Las vocales breves son más inestables y susceptibles de cambiar por evolución fonética.

3 de las evoluciones más frecuentes que afectan a las vocales breves son :

  • î en sílaba final abierta o desaparece, o reforzar su articulación pasando a –ê.
  • ô en sílaba final cerrada pasa a û, y, entre –r y –s, desaparece.
  • Todas las vocales breves, al pasar sílaba inicial o sílaba final a sílaba interior de palabra (al añadirse un prefijo, o una desinencia) , sufren cambios, que dependen del timbre de la consonante siguiente (normalmente pasan a –î y, ante –r a –ê) (apofonía).

El acento

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El lugar del acento es mecánicamente regulado por el ritmo y la estructura silábica de la palabra: el acento afecta en latín

  • A la penúltima sílaba si es larga (sea por comportar una vocal larga, o sea por terminar en consonante).
  • A la antepenúltima, si la sílaba penúltima es breve.

Las únicas excepciones de esta regla son:

  • Los monosílabos tónicos, en los que el acento no puede afectar más que a la única sílaba existente;
  • Los disílabos que, no presentando antepenúltima, llevan siempre y necesariamente el acento en la penúltima, cualquiera que sea su cantidad.

Por lo tanto, en latín no existen palabras agudas ni sobreesdrújulas.

Este uso recientemente introducido por el latín no tiene por efecto volver fijo el acento: las series ratĭo / ratiōnis; dóminos / dominōrum dejan aparecer en el curso de la flexión, desplazamientos de acento. Pero no se trata ya ahí de alternancias activas, dotadas de un poder distintivo: son cambios pasivos, condicionados por la forma de la palabra, y que no la condicionan en absoluto.