La Crisálida: teoría sobre el mundo cuántico


Capítulo IEditar

Adam estaba frente al panel de las pantallas de los ordenadores de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN). Un día más había llegado a su puesto de trabajo. 32 años de estudios universitarios y experiencia laboral le contemplaban. Curiosamente 32, múltiplo de dos, sistema binario, y cuatro veces ocho. Su formación académica le hacía entretenerse realizando operaciones matemáticas de forma espontánea con la realidad cotidiana. Había pasado buena parte de sus 50 años de vida estudiando en las mejores universidades del mundo. Desde muy joven descubrieron que era un niño prodigio con un coeficiente intelectual de 170. Sus padres se propusieron potenciar su capacidad intelectual. La sociedad hizo de él un genio.

Con sus 32 años de investigación tenía en el CERN una función de alta responsabilidad, y en el ámbito científico era muy respetado. Se había incorporado a La Meca de la investigación nuclear en 1990, hacía 25 años, tras un excelente expediente académico, pasando por la Universidad de Harvard. Fue su profesor y Premio Nobel de Física, Carlo Rubbia, quien le llamó tras asumir la dirección del CERN. Adam había sido su alumno más brillante. Rubbia vio en él aquel joven que había sido cuando en 1960, con 26 años, llegaba a Ginebra para empezar su labor junto a prestigiosos investigadores en la recién fundada organización para la investigación nuclear. Adam recordaba constantemente aquellas palabras del Profesor Rubbia, ya retirado, en una entrevista:

“Cuando observamos la naturaleza quedamos siempre impresionados por su belleza, su orden, su coherencia (…). No puedo creer que todos estos fenómenos, que se unen como perfectos engranajes, puedan ser resultado de una fluctuación estadística, o una combinación del azar. Hay, evidentemente, algo o alguien haciendo las cosas como son. Vemos los efectos de esa presencia, pero no la presencia misma. Es este el punto en que la ciencia se acerca más a lo que yo llamo religión”

Rubbia había demostrado en 1984, a la edad de 50 años, la misma que tenía Adam recordando a su mentor, la existencia de los bosones W y Z, que le valieron el Premio Nobel. Adam veía en él un ejemplo a seguir, y una advertencia. A pesar de que Rubbia dejó la dirección del CERN en 1993, habían seguido en contacto. A Adam le resultó difícil de encajar que un Premio Nobel de Física tuviera que abandonar la Agencia Nacional para las Nuevas Tecnologías, Energía y Desarrollo Económico Sostenible de la República Italiana tras denunciar la humillación que la investigación científica estaba sufriendo bajo el gobierno de Silvio Berlusconi. Adam comprendió en 2005, a sus 40 años, que existían otros poderes que frenaban la investigación científica, no ya por desinterés, sino porque la consideraban peligrosa. Personalmente, estaba harto de aquellos cargos políticos que querían controlar la investigación para, de vez en cuando, vender un resultado a sus superiores, muchas veces económico, y en última instancia a una parte del electorado. La investigación científica no podía ser cortoplacista y los resultados se transmitían de una manera demasiado simple, con conceptos como “la partícula de Dios” para definir al bosón de Higgs.

Cuando empezó a estudiar y a investigar se imaginó un mundo ideal, un mundo perfecto en el que descubría nuevos conocimientos, dedicándose de lleno a la física cuántica. Pero desde 2005, cuando Rubbia tuvo que abandonar la ENAE, se dio cuenta de que la realidad no era el mundo idílico que había soñado. Estaba harto…. estaba harto de no poder trabajar con imaginación, a tumba abierta como a él le gustaba hacer. Se pasaba mucho tiempo elaborando informes. Las investigaciones no eran libres. Y lo entendía. Había mucha gente trabajando y si cada uno seguía su investigación no habría resultados para satisfacer a los políticos que ansiaban titulares. Aquello no le satisfacía. Era imprescindible la disciplina, ejecutar los planes programados para cumplir con los objetivos públicos. No hallaba resquicio para la investigación personal. Estaba cansado. Se veía en una encrucijada, en un callejón sin salida. Los compañeros en el CERN estaban inmersos en el trabajo de equipo, en la dinámica que logró en 2012 un hito, observar el bosón de Higs, merecedor de otro Premio Nobel. Pero a él no le permitían satisfacer otras inquietudes intelectuales propias que afloraban desde interiorizar aquellas palabras de Rubbia, sobre el Gran Hacedor del Universo.

Se encontraba en una situación en la que tenía que romper con el status quo o investigar 32 años más en los programas planificados, hasta completar los 64 años de investigación, y cumplir los 82 años, la edad que el profesor Rubbia cumpliría en 2016. Quizá si seguía por esa vía obtendría el Premio Nobel…. Posiblemente el mayor reconocimiento social y científico. Pero, en ese momento, intuía que no era suficiente salvavidas para su deriva existencial.

Esa era la encrucijada. ¿Qué debía hacer? ¿Volver al monte de la región de Ardenas belga? Allí donde su abuelo paterno, François Englert, antes de la II Guerra Mundial, refugiado en los bosques se levantaba cada mañana sin más voluntad que cuidar del ganado y adorar a Dios, no sabe si feliz, pero sí satisfecho de saber que formaba parte de Algo. ¿O saciar su sed de conocimiento desmarcándose de los objetivos de los gobiernos que presionaban a los investigadores debido a la crisis económica y social por la que atravesaba Occidente, la nueva Roma? . Si daba ese paso, podría llevar a cabo sus propios trabajos, quién sabe si hasta dejarse la vida sin obtener nada material. Adam se sentía como si hubiera mordido el fruto prohibido, castigado a ser infeliz por no poder tener la perspectiva universal, por resolver la gran pregunta. Las palabras de Rubbia “hay, evidentemente, algo o alguien haciendo las cosas como son. Vemos los efectos de esa presencia, pero no la presencia misma” volvían a su mente. Pasaba demasiado tiempo dándole vueltas. Recordaba que el profesor Peter Higgs era un manifiesto ateo, al modo deísta y Adam intentaba agarrarse como a un salvavidas a ese ateísmo que afirmaba que ningún ser superior velaba por nosotros. El convencimiento de que no existía ese “Algo más” tenía el mismo efecto que la creencia en Dios para los creyentes: un sosiego vital.

Sus pensamientos eran peligrosos para el sistema. Todo aquello que escribía en la pantalla era interpretado por un software que descifraba el estado emocional de los investigadores. Sabía que podía tener altibajos en el CERN, pero no crisis o depresiones. Si seguía así, no iba a necesitar volver a las Ardenas por voluntad propia, sino que le “invitarían” a pedir una excedencia, le expulsarían del paraíso nuclear, por morder del fruto prohibido.

Estaba delante de la pantalla cuando de repente vio que la puerta de cristal se abría y entraba en su área de trabajo un rostro deslumbrante que venía envuelto en su precioso traje negro, con unos pequeños ribetes rojos alrededor del cuello. Su figura esbelta, elegantísima, de cabellos negros, tez morena, curvas perfectas y de un metro y ochenta centímetros, se acercaba hacia él. Era Emerald, para él la mujer ideal, física y mentalmente.

Emerald tenía un coeficiente intelectual unos puntos mayores que él, una belleza extraordinaria, y una esmeralda de colgante que le dejaba sin sentido. No era atracción insana. En aquella mujer había dos mujeres: una mujer sensual, bellísima, preciosa, y al mismo tiempo un prodigio de cerebro. Las dualidades estaban constantemente presentes en la vida de Adams. Sabía que no estaba satisfecha, aunque era más calculadora y se adaptaba mejor a la situación. Sin embargo, habían comentado sus ambiciones, y ella le desveló que estaba preocupada por su futuro, no por su currículo ni por el dinero, pues podía impartir clases en cualquier universidad del mundo. Emerald tenía también una preocupación existencial y a ambos les inquietaba la deriva social, económica y política del mundo. Ese día, estaba ahí para iniciar otro experimento rutinario. Se trataba de poner en funcionamiento un aparato con forma de elipsoide de revolución. Este mecanismo, permitía entrelazar partículas situadas en cada uno de sus dos focos a base de unas emisiones de radiaciones potentísimas que, emitidas en uno de los focos, incidían sincrónicamente en el otro.

El CERN tenía un subsótano donde muy pocas personas podían acceder. A veces se pensaba que la imagen externa del CERN era una tapadera para ocultar los experimentos de más alto interés científico que se “cocían” en ese recóndito recinto. De nuevo la dualidad: se gastaban millones y millones de francos suizos en hacer esas investigaciones, mientras morían de hambre millones de personas, cuando no masacrados en guerras. Siempre igual: el poder, la lucha, el esfuerzo y la inquietud intelectual que asaltaba tanto a Adam como a Emerald.

Emerald se acercó a Adam con un café, no de máquina, sino de aquella cafetera clásica italiana, de aluminio, que tenían en la cocina a pocos metros de la sala de trabajo. Siempre tenía en el CERN un paquete de café etíope que cortaba con un poco de leche alpina. La investigadora vivía sus propias dualidades, entre su trabajo y su vida en Suiza, donde había nacido, y sus viajes frecuentes al cuerno de África: Etiopía, Somalia, Tanzania. Allí había visitado las fuentes del Nilo, en el lago Victoria, y el Valle del Rift, donde unos simios tuvieron que descender de los árboles, dando lugar a los primeros homínidos.

A sus 40 años era feliz en África y volvía a la rutina en su apartamento de Ginebra, en su trabajo en el CERN, y los fines de semana, completamente sola, en el castillo de Vionnaz que había heredado de su familia, uno de los linajes europeos más nobles: los Barberini. Para ir al castillo tenía que recorrer 111 km atravesando el Lago Leman. Emerald disfrutaba de ver cómo el chorro de agua del lago en Ginebra alcanzaba los 144 metros impulsado por 12 proyectores, raíz cuadrada de 144. El agua era la esencia de la vida y ascendía hacia el infinito, como queriendo dar una señal al Universo. Sin embargo, en el castillo no era feliz. Se encerraba en sí misma, pasaba horas y horas leyendo. Su corazón estaba tan oscuro como la piedra del fuerte, como los días de invierno, y nublado y grisáceo como el cielo la mayor parte del año en Vallais, el cantón donde se encontraba.

Apoyó el café de Adam sobre el escritorio y quiso conocer su estado de ánimo, pero solo con la mirada entendieron el uno y el otro la pregunta y la respuesta, sin llegar a pronunciarlas: “¿Cómo estás Adam? ¿Qué quieres que te diga? Con mis dudas y dualidades de siempre”.

Ella le recriminó su actitud una vez más, pero lo hacía cada con menos convicción que en anteriores ocasiones. Adam sabía que estaban haciendo mella en ella sus dudas. Se quedaron allí un largo período de tiempo, en silencio. La complicidad no era gratuita. Se conocieron diez años atrás, cuando Robert Aymar fichó para el CERN a Emerald, justo coincidiendo con el episodio entre Rubbia y Berlusconi. Al principio a Adam no le llamó la atención, pero coincidiendo con la elaboración de una nota interna el 21 de abril de 2011 en la que se observaba una resonancia en un rango de energía de 125 GeV, justo el esperado para un bosón de Higgs, quedó maravillado de la inteligencia de Emerald. Mientras el mundo occidental se adentraba en una profunda crisis social, económica, e incluso de valores y existencial entre 2011 y 2013, los investigadores estaban eufóricos por el hecho de poder aportar una noticia positiva de primer orden para la humanidad gracias al Gran Colisionador de Hadrones y a la destreza de los equipos de investigación. Sin embargo novedades y descubrimientos de esa magnitud no eran suficientes para saciar la sed de cambio que ansiaba la Humanidad, o al menos una parte de ella….. Esa crisis social, económica, política, de valores…. debía conducir a algún sitio, debía hacerlo. Adam recordaba el ciclo de la vida, cuando una especie intentaba mutar, para lo que era necesario millones de impulsos, intentos y desenlaces violentos que perfeccionaran el salto evolutivo. Parecía que la humanidad no esperaba simplemente que se observara el bosón de Higgs… ese descubrimiento era insignificante para aquello que se avenía.

En el verano de 2012, tras la presentación a la opinión pública de los resultados, Adam se interesó por conocer mejor a Emerald. Era un verano de luna azul, en agosto, de esos que te brindan una oportunidad más para presenciar la plenitud. En ese mes tuvo ocasión de ver dos lunas llenas en un mismo periodo, que le recordaron el desdoblamiento de dos puntos tal cual ocurre con el centro de un círculo al transformarse en elipse.

Capítulo IIEditar

Adam empezó a recordar cómo conoció a Emerald tres años antes, en 2012.

Enhorabuena Emerald… por la parte que te corresponde. Es fruto de un trabajo en equipo. Sin tantos años de investigación no habríamos podido observarlo. Es un honor que antes de poder cumplir los 40 años haya podido participar de esta experiencia. Estoy muy agradecida al profesor Aymar, y a ti, Adam. Como a toda la ciencia. Somos parte de una cadena, y no tenemos sentido fuera de ella. ¿Vas a Vennez? Sí, allí el verano es agradable. En invierno espero ir a Tanzania, a las fuentes del Nilo en el lago Victoria. ¿Te apetece ir a almorzar a La Perle du Lac? Hoy tienen un salmón asado que lo cocinan de manera deliciosa, con la tapenade de aceitunas negras mediterráneas. Te invito. Claro, por supuesto. Vamos en mi coche. Ahorraremos combustible y emisiones. Luego te traigo, pues me quedaré un rato más trabajando. ¡Cómo eres! Relájate. Hemos logrado un hito: observar el bosón de Higgs. Aún hay que saber si se trata del modelo estándar o de uno de los predichos en las teorías supersimétricas. Sabes que estoy empeñado en observar partículas masivas que interactúan débilmente, como el neutralino, que nos podría dar pistas sobre la materia oscura. Hagamos una cosa. Deja tu coche, e iremos en el mío. Te contaré una historia para desconectar. Me intrigas. ¿Qué te ha pasado?. En el restaurante te lo cuento. Tengo apetito y ganas de ver el chorro del lago. Está bien, me has convencido

El trayecto de Meyrin al restaurante apenas duraba tres cuartos de hora, el tiempo necesario para salir del CERN, cubrir el trayecto, aparcar y dirigirse al privilegiado emplazamiento desde donde iban a almorzar

Mesa para dos, por favor. Por supuesto, señora. Verás, Adam. Te parecerá que voy a contarte mi vida, que soy una egocéntrica, pero pretendo distraerte…. Discúlpame de antemano si no te interesa. Además, al contrario de nuestro campo de trabajo, en lo que te voy a contar hay poco rigor científico. Por desgracia, las posibles pruebas más remotas se han perdido en el tiempo. Tranquila, en el peor de los casos será como distraerme con una de esas películas alemanas. Procuraré que sea más interesante. ¿Sabes la historia de mi apellido? Bueno, es el del Papa Urbano VIII, que supongo que no tuvo hijos, al menos reconocidos, así que no vengas por ahí (sonrió Adam) No, que yo sepa, pero tenía un hermano, Carlo. Se casó con Constanza Magalotti y toda la familia, tras el fallecimiento de Urbano VIII y la derrota contra Odoardo Farnesio tuvieron que huir de Roma e incluso de la Península Itálica. A los Barberini les protegía Francia, el Rey “Sol”, Luis XIV. Sí. Fue vital la amistad con el Cardenal Mazarin y sobre todo con su mentor, el Cardenal Richelieu. Luis XIV destinó a los nietos de Carlo, Francesco y Giovanni, a Sión para contener el avance del protestantismo en la recién independiente Confederación Helvética. Muy cerca de Sión, en Vennez, Carlo había erigido un castillo, que fue donde residió Francesco, de quien desciendo, y soy familia de Urbano VIII, amigo y protector de Galileo Galilei. De hecho, mi antepasado le dedicó un poema, y Galileo se lo agradeció dedicándole un libro. Lamentablemente, los consejeros de Urbano VIII se empeñaron en enfrentarle a Galileo y acabó como sabemos todos.

Adam escuchaba atentamente.

La parte sin probar, que no digo inventada, es que los Barberini descendemos de Zenobia, la reina del Imperio de Palmira y que se proclamaba descendiente de Cleopatra Selena, hija de la mítica Cleopatra y de Marco Antonio. En mi familia sostenemos que el emperador Aureliano, tras mandar capturar a Zenobia y llevarla a Roma, se enamoró de ella y tuvieron un hijo, Lucius, en el 273. Uno de sus descendientes se estableció en el Barbarino del Valle del río Elsa, en la Toscana, con el apellido Tafani, que quiere decir tábano, el insecto que inspiró las abejas de nuestro escudo. A principios del segundo milenio comenzaron a influir en Roma y fueron conocidos como Barbarini.

Disculpen señores, ¿qué desean para beber?

Agua, respondieron los dos al unísono.

Gracias. Les dejo aquí las cartas.

Entre la caída del Imperio Romano y el comienzo del segundo milenio hay demasiada inestabilidad como para concluir nada con rigor. Sí, lo sé. Ya te lo advertí. Pero más allá de la tradición oral de la familia, lo que sí es cierto es que poseo como legado familiar una esmeralda y que el blasón de nuestra familia contiene tres abejas, productoras de miel. Sabemos que Cleopatra explotó las minas de esmeraldas El Gadi Wimal y su obsesión por la leche de camella y la miel, que usaba para rejuvenecer su cuerpo y mantener su belleza. No los llamaré indicios, sino casualidades. Pero me encanta el Este de África. Me reencuentro a mí misma.

Entonces tenemos a una descendiente de Cleopatra en el CERN… Efectivamente, me has distraído – dijo sonriendo Adam.

Ni yo misma estoy convencida de ello, aunque sí de mis sentimientos. San Malaquías predijo en el siglo XII que el papa de la época de Urbano VIII estaría relacionado con las flores, mencionando al lirio y a la rosa. Mi familia procedía de Florencia y estaba protegida por Francia, que usaba de símbolo la Flor de Lis. La rosa era la enemiga Inglaterra, contra la que Francia estaba llamada a liderar el catolicismo y su reforma. El último Papa de las profecías de San Malaquías es el actual, el Papa “negro”, en referencia al máximo responsable jesuita, que recibe este nombre, y como por otro lado predijo Nostradamus.

Entonces estaríamos ante el colapso del sistema.

Bueno, como te comentaba hay poco rigor en todo ello, pero es una bonita historia para distraerse y dejar de pensar en el trabajo. Pues justamente has conseguido que vuelva a pensar en mis investigaciones.

Lo siento, no lo pretendía…. Por cierto, el patriarca mundial de los Barberini se llama Benedetto Francesco Barberini, es el Príncipe de Palestrina, descendiente de los Barberini-Colonna. Me carteo con él.

Lleva el nombre de los dos últimos Papas.

Sí, casualidad…. Cualquiera diría que los dos nombres de los últimos Papas ya estaban decididos cuando él nació, en 1961, y decidido que lo compartieran. Quizá tenga una relación con el fin de los Tiempos.

Gracias por el entretenimiento. Aunque yo también pienso que estamos ante el colapso del sistema, no por motivos místicos y de falsos profetas, claro.

Señores, ¿ya saben qué desean? Dos menús Byron con sopa fría de melón y salmón irlandés para los dos.

Gracias, señora.

Adam…. A veces cuando veo el chorro del lago creo que existe otro Universo con un lugar parecido donde en vez de levantarse un centro de investigación para hallar a Dios mediante la razón se levante un templo para hallarlo mediante la fe y un reino bañado con una auténtica luz celestial, fuerte, invencible. Si existe, tengo que encontrar ese lugar.

Sí existe.

Vaya, tú también te precipitas en tus conclusiones, ahora sobre el multiverso, y sin ninguna prueba….¿O escondes algo más importante que la obsevación del bosón de Higgs?

En Palma de Mallorca tienen un estanque donde se refleja su majestuosa Catedral. Hay pocas Catedrales tan bellas que tengan de espejo unas aguas tranquilas, solo recuerdo la de Notre Dame de París, y ésta. En medio del estanque sobresale un chorro a imitación del nuestro….

Nunca me atrajo Mallorca hasta que mi primo Benedetto Francesco me habló de aquella isla, pues está ligada a la familia, y me desveló que es uno de los mejores lugares del mundo para vivir. Los estanques y lagos simbolizan en muchas culturas el alma. Los chorros que emergen con semejante fuerza vital son suspiros hacia el infinito. Si la Catedral tiene algo en común con Notre Dame de París me gustará, pero no tanto como las fuentes del Nilo, donde un día tienes que ir, Adam. Yo iré a Palma si tu vas a la fuente del Nilo.

Tras ese almuerzo de julio de 2012 Adam no volvió a mirar a Emerald de la misma manera. El regreso al CERN fue bastante silencioso. Algo le decía a Adam que la observación del bosón de Higgs no era suficiente para ninguno de los dos. Adam tenía la sensación de haber encontrado alguien con quien compartir una nueva misión, con quien recuperar la ilusión. Emerald le había dejado claro que compartía sus miedos, y que a pesar de sus sentimientos, de las historias increíbles, controlaba las emociones. Trabajando era una excelente abogada del diablo. Cuestionaba todos los avances con mil y una preguntas para cerciorarse de que no había error posible. Era muestra de su inteligencia.

Capítulo IIIEditar

Entre los recuerdos, a Adam le sobrevino aquella experiencia en la Catedral de Mallorca.

Corrían los primeros días de noviembre de 2012. Emerald, preocupada por el estado de ánimo de Adam, procuraba que este despejara su mente y se relajara. Ello era más difícil a medida que se adentraba el otoño en los Alpes. Si bien los encantadores paisajes y las pistas de esquí eran tentadores para relajarse y divertirse en esa época, los días se acortaban y la luz solar escaseaba. Emerald encontró a Adam en el laboratorio. Esta vez, en lugar de café, le trajo una bolsa de manzanas.

Buenos días Adam. Buenos días. ¿Cómo va? Toma. De las cuatro manzanas, deja una. Gracias. Me encantan. ¿Solo quieres una? No es para mí. ¿Quién va a venir al laboratorio? En estos días celebramos el encuentro con nuestros antepasados. En Suiza, cuna de la cultura celta, es muy tradicional compartir comida con nuestros antepasados, incluso en la mesa de algunas casas con familiares de primer grado fallecidos. Estas tradiciones prácticamente desaparecieron en el siglo XVIII, cuando se completó la cristianización y la persecución del paganismo, pero hoy en día se está recuperando este patrimonio histórico. Me ha parecido una bonita tradición que he querido compartir contigo. ¿Y por qué manzanas? Si partimos una manzana por la mitad, perpendicularmente a su eje, nos aparece en el centro, una estrella de cinco puntas, formada por la disposición de las semillas. La redondez de la manzana y el hecho de que sea rojiza o amarillenta, le confieren un carácter solar. En Suiza tenemos muy presente la leyenda de Guillermo Tell, quien alcanzó con una flecha el centro de la manzana para salvar a su hijo, que estaba apoyado en un roble, árbol sagrado de los celtas. Ese hecho es signo de realización y perfección interior. En sánscrito lo denominan “Santosha”. Gracias. Sin duda, después de lo que me has contado, las manzanas estarán más sabrosas. Mi primo, el Príncipe de Palestrina, me ha comentado que la familia dispone de un palacio en Palma de Mallorca, y que de hoy en ocho días se producirá un fenómeno luminoso único en la Catedral de la Isla: un ocho, precisamente, creado por la unión de dos círculos, uno terrenal, el de un rosetón, y otro celestial, el causado por un reflejo solar. ¿Me querrías acompañar a verlo? Hay varios apartamentos en el Palacio. Uno lo tiene reservado y los demás para los invitados. Me encantaría.

Al viernes siguiente, diez de noviembre, ya se encontraban en Mallorca. El cerebro de Adam no dejaba de procesar ecuaciones matemáticas y de contar las letras de todas las palabras claves que iban encontrando ese día. M-A-L-L-O-R-C-A tenía ocho letras. B-A-R-B-E-R-I-N también. El nombre de santo al que se le dedicaba la calle donde se encontraba el palacio, B-A-R-T-O-M-E-U, sumaba ocho letras. Bartomeu era el nombre en catalán de San Bartolomé, Apóstol, y en arameo su nombre quiere decir “hijo de” “Ptolomeo”, también de ocho letras, y se le considera descendiente de la Dinastía Ptolomea, que gobernó Egipto hasta el 30 A.C., cuando se suicidó Cleopatra. Es decir, Emerald compartiría parientes lejanos con San Bartolomé. Adam evitó contar esta serie de coincidencias a Emerald, pues no quería reforzar la supuesta irracionalidad de sus historias… A fin de cuentas, son como cuentos. Estaban ahí para presenciar el “8 de la Catedral”, otra palabra que en español y catalán tenía ocho letras. El taxi los dejó en una calle cercana, a 50 metros, pues el acceso al Palacio en automóvil estaba restringido a los residentes. Adam conocía mejor la ciudad.

Mira Emerald. Fíjate, ahí lo tienes: Un bello edificio de corte helénico con una puerta enmarcada por pilastras jónicas sobre sus altos pedestales. Es muy curioso que el tránsito de turistas no se adentre por esta vía. Es un oasis de paz en pleno centro.

El edificio parecía originalmente de estilo gótico pero había sido definido con la notable influencia barroca que Palma de Mallorca recibió gracias a su cercanía con Italia. Se accedía al patio interior cruzando un arco sostenido por dos pilares de piedra roja y capitel toscano. El apartamento destinado a la familia Barberin se extendía por la planta noble, con magníficos frescos neoclásicos decorando una fantástica cámara de estilo pompeyano. Desde el ático se vislumbraban espléndidas vistas al casco histórico.

Esa noche cenaron con el empresario S.A.R. Karim Gaafar Pacha, tataranieto de Fu’ad I de Egipto, descendiente del Profeta Mahoma, sultán de Egipto, Sudán y Nubia, y suegro de Mohamad Reza, el último sha de Persia. Karim era una persona sumamente interesante y coleccionaba objetos antiguos, algunos de los cuales vendía en un comercio cercano al boulevard de la Rambla de Palma de Mallorca. Mostró ser una persona extremadamente bien educada, de modales palaciegos. Hablaba perfectamente inglés, mejor que el árabe, debido a la formación que tuvo en su familia, consciente de la necesidad de un mundo global. Durante la velada les contó muchísimas cosas de Egipto y Sudán, de la relación entre musulmanes y judíos y cristianos, de todo aquello que les une, de la hermandad universal, y de un collar con un colgante en oro de esmeraldas procedentes de las minas próximas a Medinet-el Haras. Esta ciudad fue fundada como Berenice por Ptolomeo II, también de la dinastía de la que descendía tanto Emerald como Cleopatra.

La mente de Adam no descansaba, ni siquiera en la plácida Mallorca, mientras cenaba con Karim y Emerald. Había otros dos comensales: un pintor y la dueña de un hotel donde hace siglos se hospedaban custodios de Tierra Santa. Apenas oía que Karim explicaba que las esmeraldas eran para los antiguos egipcios más que simples gemas. Eran consideradas motivo de orgullo nacional y por lo tanto eran fuertes símbolos patrióticos. De hecho, desde el antiguo Egipto la esmeralda había sido conectada a la fertilidad, la inmortalidad, el razonamiento y la primavera. El historiador romano Plinio les atribuía el poder de descansar y dar alivio a los ojos cansados…. Como los que tenían los tres cuando acabaron la velada.

A la mañana siguiente, a las ocho, se encontraban en el interior de la Catedral de Mallorca, a apenas 5 minutos andando del palacio Barberin. Sus columnas octogonales, sus ocho vitrales a cada lado, su impresionante rosetón gótico, el mayor del mundo en este estilo, y que disponía de dibujos concéntricos acabados en 32 y 16 puntas, según se alejaban del interior, dominaban el campo visual de Adam y Emerald. Justo enfrente se situaba el rosetón sobre el altar mayor, con un claro dibujo de la estrella de David, mayor que cualquier símbolo cristiano dentro del templo. En el exterior, bajo la Catedral, se erigía el gran chorro de agua que emulaba el de Ginebra, con la diferencia que el suizo era mayor, de 144 metros de altitud. Casi a las 9, a las 8 hora solar, del once de noviembre se completó un maravilloso ocho que unía el círculo del rosetón principal con el del reflejo del sol que se proyectaba tras atravesar el que se hallaba sobre el altar. En ese momento escucharon que un guía explicaba que el efecto lumínico se reproducía cada dos de febrero, el 2-2. Adam cayó en la cuenta que 1+1+1+1 del 11 del 11, once de noviembre, y 2+2 del 2 del 2, del dos de febrero, sumaban ocho. Apenas duró el espectáculo diez minutos, o quizá menos… no se le había ocurrido cronometrarlo. Era demasiado bello como para fijarse en un reloj.

Mientras salían de la Catedral, Adam pensaba en el ocho...en el del símbolo del infinito, en el de la banda de Möbius… El 8 de Möbius y los de origen religioso o mítico no tenían nada que ver…. ¿O sí?. De nuevo, la dualidad recorría e inquietaba la mente de Adam… pensamientos interrumpidos por unas palabras de Emerald mirando hacia el estanque mallorquín de donde surgía el gran chorro: “En África, junto al Lago Victoria, hay otra gran emergencia saludando a un lugar sagrado, pero aquel templo, Adam, no tiene paredes, ni límites”. Fue entonces cuando comprendió que el ocho trascendental, que se formaba con la unión de dos círculos, no debía estar prisionero en un oscuro templo entre viejas paredes, sino en plena naturaleza. En ese momento, tomó sentido el viaje a Mallorca y comenzó a percibir que pronto daría un nuevo salto hacia una tercera surgencia acuática. Esa posibilidad le recordaba a los saltos cuánticos.

Adam, mientras oía los ecos de la última sílaba que había pronunciado su compañera, la miraba fijamente a los ojos. Sabía que pensaban en lo mismo. La visita a Palma no fue tan casual. Estaban entrelazados, como las dos circunferencias que conformaban el 8 de la Catedral, la solar, producida por la energía manifestada a través de la luz, y la terrenal, definida por un rosetón que sin ese resplandor sería una estructura fría y sin sentido. Adam y Emerald estaban alucinados. Había llegado el momento de fusionar los dos mundos: el cuántico y el físico, y aquel monumento orientado 120 grados al sureste, la Catedral de Mallorca, mandado construir por un monarca templario, escondía un mensaje encriptado. Era la hora del elipsoide, la que tanto tiempo había estado esperando.

Capítulo IVEditar

Adam volvía a su tiempo presente con la mirada perdida en el infinito.

El café que Emerald le había servido cuando le vinieron a la mente los recuerdos de cómo fue descubriendo a su compañera de trabajo y de su viaje a Mallorca, se estaba enfriando. Había un sepulcral silencio. De todas formas tenían que estar ahí horas, tal vez días, esperando cumplir los protocolos y a que cuando coincidieran determinados parámetros y a que los flujos electromagnéticos fuesen los adecuados en el elipsoide hacer un experimento rutinario más. Se había logrado algún avance, durante una semana, y ahora se pasarían meses o tal vez años repitiéndolos todos para que se pudiera decir que estadísticamente aquello era cierto. No lo soportaban, no lo soportaban… Ninguno de los dos. Se miraron, y sin necesitar hablar, sabían qué estaban pensando y temían que si lo comentaban alguien lo escuchara, y su desmotivación diera lugar a, como mínimo, una baja temporal en el CERN. Después de todo ese nivel de exigencia y control era normal, pues había mucho dinero invertido en esos proyectos, que podían ser trascendentes para la humanidad. Pero poco les importaba todo eso. Adam y Emerald se querían quitar toda esa carga. No les merecía la pena seguir enterrándose allí, a aquella profundidad. Apenas veían el sol y cuando lo hacían a veces se sentían vigilados, como si los informes secretos que conocían fueran más importantes que su libertad individual. De ahí que Emerald se refugiara en su oscuro castillo.

En ese momento, se comunicaron con el pensamiento. Hacía unos días, en una salida del CERN, habían hablado de lo que no se podía hablar. Habían cometido un pecado. Si seguían por ese camino podrían ser castigados o incluso eliminados por políticos que, como en el caso de Berlusconi en el pasado, se atrevían incluso a cesar a premios Nobel. El sistema no iba a consentir que salieran de Suiza definitivamente sin su aceptación. Estaban atrapados. Estaban totalmente atrapados. Estaban literalmente enterrados en vida a medio kilómetro de profundidad, donde no más de media docena de personas podían entrar y sabían de la existencia de ese subsótano.

En aquella salida habían comentado el éxito del último trabajo en el elipsoide y la voluntad de llevar a cabo el último experimento. Habían logrado entrelazar partículas en el elipsoide, pero no ya partículas aisladas, sino elementos de cierto tamaño y vivos, bacterias: Estaban entrelazados. Era el misterio más profundo de la física cuántica. Todo el mundo sabía que existían elementos entrelazados, pero nadie podía entender mínimamente cómo podía ocurrir. Menos aún, como parecía, que no fueran realmente dos elementos entrelazados, sino que fuera el mismo en dos sitios a la vez. Podía haber dos partículas, o dos seres vivos, que estuvieran en dos lugares simultáneamente. Habían hablado de hacer un entrelazamiento en el que pudiera participar uno de ellos, o tal vez ambos. Si participaba uno de ellos, en el otro foco del elipsoide podía aparecer una especie de clon que fuese el mismo. Si participaban Adam y Emerald a la vez….¿se fusionarían? ¿se intercambiarían las posiciones?. Por otro lado, habían comprobado que durante unas millonésimas de segundo la partícula desaparecía del elipsoide y se preguntaban si se ausentaba de este mundo. El tremendo campo magnético del que estaba formado el elipsoide, nada material, creaba un campo de fuerza imposible de traspasar, incluso por las partículas más minúsculas. La reverberación en las paredes del elipsoide hacían, además, que estuviera esterilizado de vida. Si entraban los dos, lo que pudiera ocurrir era absolutamente imprevisible, pero intuían que serían sucesos verdaderamente inusitadas. Y la dualidad se planteaba: ¿qué hacer? Continuar ahí años, enterrándose en vida dos de las personas más inteligentes del Planeta o dar el paso. Se miraron intensamente. Sabían lo que estaban dispuestos a hacer. Bajaron las miradas hacia sus respectivas mesas, como reflexionando, sin mediar palabra, y así permanecieron varios minutos. De repente, como si estuvieran sincronizados, se levantaron, se dirigieron hacia las pantallas de programación, no había ningún control excesivo pues estaban haciendo un control rutinario, y tenían a su disposición todo aquel enorme complejo, el elipsoide, con su tremenda potencia. Cada uno de ellos programó sus pantallas para que el experimento comenzase en 60 segundos. Sin hablar, se dieron un intenso abrazo, se miraron a los ojos, se separaron, y cada uno de ellos se situó sobre un foco del elipsoide. Vieron la pantalla: 40 segundos para la puesta en marcha. Se observaron: 35 segundos. Bajaron la vista, la levantaron: 30 segundos. A Adam le dio la impresión de que a Emerald le caía una lágrima por la mejilla pero no estaba muy seguro, estaba muy oscuro. Faltaban 17 segundos y Adam hizo un gesto a su compañera y se recostó en su sillón, cerrando los ojos. Emerald hizo lo propio. Las luces se apagaron cuando solo en la pantalla digital mostraba 7 segundos, 6, 5, 4, 3, 2, 1…. 0.

Nunca habían estado ahí dentro con el elipsoide activado. La fuerza electromotriz movió las bobinas y los electroimanes empezaron a funcionar a una velocidad de vértigo. Se notaba la conversión del aire en plasma a su alrededor. No sabían qué podía ocurrir. Podían estar horas sin oxígeno. Entendieron que aquello era un disparate, una locura, se estaban suicidando. ¿O no? Quizá el suicidio fuese la solución. Siempre la dualidad, siempre la incertidumbre. Había tan alta condensación dentro del elipsoide que Adam estaba totalmente paralizado, pero su cuerpo comenzó a alimentarse, no de oxígeno, sino de algo extraño. No necesitaba respirar. ¿Estaría muerto? ¿Habría muerto ya? ¿Se había desintegrado su cuerpo? ¿Se había mezclado con el de Emerald? Y en efecto se sentía comunicado con aquello que sus neuronas le transmitían, sin ver, todo lo que sucedía alrededor. Su cuerpo, sus moléculas, sus neuronas…. Se diluían. Intentó abrir los ojos, y no pudo, pero comprendió que se había diluido en el plasma. Y sintió que a Emerald le sucedía lo mismo. Y tuvo la sensación que se mezclaban sus átomos con los de Emerald, que eran un solo ser, y, que además, salía del elipsoide, y que Emerald ya estaba fuera de él. Y sintió pánico de salir y quiso volver a atrás. Permaneció en el elipsoide, Emerald desapareció de sus sensaciones y el artilugio empezaba a frenar. Tal vez habría pasado la hora para la que estaba programado. Cuando frenó, miró el reloj y no había pasado la hora. Se materializó de nuevo. Salió del elipsoide y encontró a su jefe, Andrew, quien había interrumpido el experimento.

¿Dónde se encuentra la Doctora Barberini?, preguntó Andrew.

Adam no sabía qué responder. Se quedó petrificado. Miró hacia el elipsoide. No había nada. Los ochos segundos que tardó en contestar al profesor Andrew le pareció una eternidad... Los pensamientos recorrían su mente con una velocidad vertiginosa. Reparó que, además, estaba sincronizado mentalmente con Emerald, y que los dos compartían en ese momento las mismas sensaciones. En definitiva, podían comunicarse sin necesidad de recurrir al medio físico.

Emerald comenzó a transmitirle lo que estaba sucediendo. No comprendía cómo podía haber tenido durante tanto tiempo la explicación a su insatisfacción ante sus narices sin llegar a dar con ella. No haber entendido antes de dónde procedía esa insatisfacción compartida con sus congéneres en el Planeta. Esa lucha sin cuartel por ser más, querer más, tener más, ser más altos, más guapos, tener más poder, más dinero, para poder emparejarse mejor…. ¿A dónde conducía eso? ¿Qué ceguera había padecido para impedirle ver antes lo que sucedía? No sabía si era él mismo que ya era capaz de entender la situación, o era el mensaje que le transmitía Emerald. Hizo un repaso a la historia de la Tierra… mientras hablaba solo… o quizá con Emerald… o Emerald con él. Mientras el profesor Andrew esperaba una respuesta. Los seres humanos hasta hace uno centenares de miles de años -balbuceaba sin que llegara a entenderle su interlocutor en el laboratorio- habíamos sido similares al resto de animales del Planeta. Sin embargo, había comenzado a haber cambios: pinturas rupestres, comunicación oral… Y los asentamientos agrícolas en Mesopotamia, en Egipto, en el Sureste asiático, en la desembocadura del Mekong nos permitió disponer de más tiempo y realizar otras tareas. Las culturas de Oriente Medio, otras asiáticas, las maya, la azteca, la inca…. Pero sobre todo la cultura egipcia habían florecido dejando un impresionante legado. Todavía hoy, 5000 años después, la especie humana consideraba las pirámides de Egipto la mayor maravilla de la humanidad. Cientos de miles de científicos de todo el mundo habían estudiado aquella civilización sin poder concebir ni cómo técnicamente, ni con qué motivación, en el Antiguo Egipto, miles de personas, habían sido capaces de desarrollar aquella cultura.

Adam pensó, ahora sin mediar palabra, que nada era fruto de la casualidad. La especie humana había comenzado a evolucionar y había sufrido diferentes crisis como consecuencia de las diferentes revoluciones tecnológicas: la revolución industrial, las crisis laborales, las guerras mundiales…. En los últimos siglos había síntomas de que los seres humanos estamos buscando un camino que no acabamos encontrar. Tras la II Guerra Mundial parecía calmarse y pacificarse el Ser Humano, pero a partir de mayo de 1968 centenares de miles de personas plantearon poder vivir al margen del consumismo, aun pudiendo económicamente acceder a nuevos bienes materiales. Sin embargo, había unos intereses contrarios a la revolución espiritual y comenzaron a actuar contra el modelo educativo, generando una crisis de valores. En unas décadas, ya había tecnología para que el ser humano pudiera dedicarse a una vida contemplativa mientras la tecnología sustituía su papel productivo. Cuando más excedente de alimentos había, más hambruna había y más conflictos se extendían por todo el Planeta. Aquellos intereses materialistas, que no eran propiamente unas fuerzas del mal, sino consecuencia de los instintos básicos de la naturaleza animal del ser humano, cometían atrocidades, a veces inventándose enemigos para mantener la tensión y el poder. Pobres bestias salvajes, destrozándose a sí mismas y a toda la humanidad.

Ese sistema estaba atrincherado y rodeado en Occidente de miseria y hambruna. Los bárbaros estaban a las puertas del mundo civilizado, de la nueva Roma, la gran despensa de la sobreabundancia…. Como hormigas. Centenares de miles de personas se dirigían hacia Occidente, huyendo de Oriente Medio, de Siria, de las guerras y miseria de África… y se disponían a entrar en el Imperio, a “invadirlo”. El Imperio fabricaba dinero y seguía viviendo casi sin trabajar, tratando como esclavos a quienes no tenían la ciudadanía “romana”… para suministrar productos a su gente atontada, temerosa por perder un trabajo, sus ingresos… Pero la situación era insostenible, el Planeta hervía en tensiones, y había llegado el momento de la catarsis. Emerald se lo estaba transmitiendo como una diosa a su profeta, mientras Andrew esperaba la respuesta. ¿Serían los únicos seres que pensaban así? No. Muchos pensaban igual, pero no había organización entre ellos. Adam percibió cómo Emerald estaba en otro Planeta que había evolucionado. ¿La Tierra, que estaba en celo, hirviendo, quedaría embarazada de ese germen? ¿Podría evolucionar también?

Doctor Englert: ¿Dónde está la doctora Emerald Barberini?. No ha salido del edificio. No está localizable en el sistema. Si no me lo dice, esto será su final.

Adam comenzó a contar, titubeando y dudando, lo que había ocurrido. Emerald no había salido del recinto. Era evidente. Adam explicó todo lo que había sucedido y el por qué. Andrew pensaba que él mismo también estaba acabado, que él tenía otros superiores a quienes dar explicaciones… de una desaparición, de algo que podría ser entendido como secuestro, como homicidio… había jugado con fuego, con uno de los sistemas más caros del Planeta. Y Andrew se lo dijo:

Has acabado con Emerald, has acabado con mi carrera, y has acabado contigo mismo.

Sus instintos más ancestrales y primarios, de supervivencia, aparecieron. Siempre los había controlado, pero en aquel momento Adam desarrolló su lado material, más pragmático. Emerald estaba ahí, espiritualmente, pero él tenía que huir. Decidió mentir a su superior para salvar la vida.

Doctor. Llevamos tiempo intentando cierto experimento y hoy lo hemos llevado a cabo con éxito. Emerald ha transmigrado a otro nivel y me puedo comunicar con ella a través del elipsoide. Os puede controlar a ti y a todo el Planeta. Tened cuidado. Me prometió que si me ocurre algo, o destruís el elipsoide, lo pagará todo el mundo, y lo devolvería a la Edad de Piedra si la humanidad no es capaz de comprender que es necesario lo que estamos realizando. El mundo está estancado. No solo la economía, todo. O nos damos cuenta y reaccionamos, o la humanidad, con esta burocracia en la que estamos envueltos los científicos, se autodestruirá.

Andrew se enfadó muchísimo. Sabía que estaba mintiendo y que era imposible contar esa historia fuera del CERN. Pero Adam tenía una posibilidad: ellos no sabían lo que había ocurrido. Pensó que los tenía a su merced y que le convenció de que el experimento había sido exitoso. Y estaba seguro de que tenía el control. Por ello pidió a Andrew que le dejara entrar de nuevo en el elipsoide. Andrew aceptó. Adam lo programó. Se introdujo en él. Y a los pocos minutos, feliz, se sintió conectado con Emerald, que estaba entrelazado con ella, o más aún, incluso que ellos dos eran lo mismo. Estaba viendo lo que veía Emerald, en otro mundo; en otro planeta; en otro universo, o en un multiverso. Allí donde habría luz, o no; donde habría agua, o no. Sabía perfectamente, y al instante, lo que sucedía donde estaba Emerald. Adam entendía qué pasaba sin saber por qué ocurría. Necesitaba una explicación: la base cuántica sobre la que se asienta el mundo físico.

Adam oyó como Andrew le gritaba. En cualquier momento se cortaría el flujo y tendría que salir. No le importó, pues transmitió a Emerald que volvería al elipsoide. Emerald le respondió que ella estaba bien, estaba feliz y que lo único que le importaba era que un día estuvieran juntos. Andrew desconectó y Adam trató de convencerle de que no había más alternativa que continuar con el experimento para transmitir al mundo los conocimientos infinitos que Emerald le podía comunicar. Solo tenían que descifrar qué sucedía en ese otro mundo, pero no lo consiguió. Adam se encontraba físicamente perfecto, estaba hiperalimentado, relajado, como si hubiese estado dormido durante días, como transmutado en su propio cuerpo. Andrew, cabizbajo, emprendió su camino hacia el exterior, sin saber qué transmitir. A los ojos de todo el mundo, Emerald había desaparecido. Se sospecharía de un secuestro, o, peor aún, de un asesinato.

Capítulo VEditar

La hora de la verdad había llegado. Todas las dudas que había tenido durante su vida se planteaban ahora con toda su crudeza. Aquello que había parecido un juego, no lo era. En esta tesitura el todo o la nada eran las únicas posibilidades. Cuando Emerald hablaba de volver a la Edad de Piedra lo decía en serio: o el mundo es capaz de dar un salto cuántico y evolucionar a todos los niveles, o es necesario volver atrás, incluso mucho más allá de la Edad de Piedra. Por un momento pensó que extinciones masivas como la de los dinosaurios fuera debida a que era necesaria una nueva forma inteligente sobre la tierra capaz de llegar a su destino final... pero parecía que la oportunidad humana tampoco era la ocasión definitiva. Mientras Andrew se dirigía a hablar con sus superiores, Adam se hallaba reflexionando.... se sentía libre, absolutamente libre. Se encontraba al borde de la desaparición pues aquello que había planteado a Andrew podía acabar con él...era un suicidio. Se había jugado su futuro, y el de la humanidad, a todo o nada. Probablemente aquello estaba programado, como la vida en casi toda la naturaleza, en las plantas, en los animales.... Pensó en muchísimas cosas. Que todo aquello tiene sentido porque la vida es un derroche, que cuando nacen seres vivos, nacen millones y millones para que uno solo se salve, y el resto desaparezca. La vida se propaga a base de derroche. Si había que comenzar de nuevo en un estadio anterior... al sistema natural, a lo que llamaban Dios, al demiurgo, a la base... le daba igual. Ese sistema tiene todo el tiempo del mundo. El ser humano no lo tenía. En ese momento Adam se jugaba su futuro y el de la humanidad.

Adam se preguntaba qué iban a pensar de él cuando las élites escucharan las explicaciones de Andrew. Esa gente que se creía todopoderosa porque dominaban las sociedades, las economías, las finanzas, los ejércitos, los políticos, que eran marionetas... una serie de personas que controlaban el mundo. ¿Por qué hacían aquello? ¿Por qué acumulaban el poder? ¿Qué les incitaba a ello?.

Pensó, con su nueva clarividencia, como un ser libre, gracias a que Emerald le había transmutado, que aquellos individuos estaban muertos de miedo, eran seres débiles, pobrecillos, auténticos animales salvajes, capaces de destrozar vidas, países, el planeta... no eran más poderosos, eran más violentos y agresivos, y mostraban su debilidad mediante la violencia. ¿Esos auténticos salvajes animales iban a aceptar que hubieran otros seres más evolucionados que pudieran dar el salto cuántico para pasar al siguiente nivel en la escala evolutiva o iban a hacer volar el Planeta por los aires? Al sistema universal no le importaba. Éramos libres. De nuevo la dualidad. ¿Somos libres? ¿Estamos programados y no tenemos libertad? En ese instante entendió lo que pasaba. No hemos sido libres, sino que apenas el Ser Humano se estaba asomando a otro Universo en el que podía ser libre, pero los grandes caciques le retenían en la cautividad. ¿Cómo se podía saltar por la ventana, hacia la libertad?

Había que saltar sin miedo, sin red de ningún tipo. Sería capaz de volar, pero hacía falta un gran acto de Fe. Y para eso había que superar el miedo que nace de los instintos. En el nuevo estado, o se produce la preñez o se produce la explosión del óvulo fallido: sangrando la vida, dando por acabado el ciclo, y volviendo a empezar. ¿Sería este el óvulo elegido por el espermatozoide de la vida para dar lugar al Nuevo Ser? ¿Sería Adam y Emerald la semilla que lo fecundaría? Se iba a decidir en las próximas horas, días, semanas... o todo o nada. O un mundo maravilloso o el fin.

Capítulo VIEditar

Adam ya sentía a Emerald como una diosa. O se producía la transmutación o el cataclismo. Cuánta similitud con el embarazo. El óvulo fallido estalla y sangra la vida. ¿Qué podía ocurrir? En estado de somnolencia, Adam se estremeció violentamente porque comprendió que no podía esperar ni un solo segundo pues era el espermatozoide que tenía que producir la preñez del Planeta. Tenía que volar, correr, luchar y llegar al punto donde se tenía que producir. Sentía que tenía que llegar a Egipto, navegar por el Nilo, hacia el sur, contracorriente como un espermatozoide para llegar a su destino como si navegara por el útero hasta llegar a la matriz. Emerald se lo estaba transmitiendo. La fuente más remota del Nilo estaba al oeste de Tanzania, muy cerca del Lago Victoria, a casi 1.200 metros de altitud, en pleno Rift Valley. ¿Pero cómo iba a llegar ahí?.

El control fronterizo en los Balcanes era cada vez mayor, debido a la ola de refugiados e inmigrantes que venían de Siria y Asia Menor y sabía que le buscarían acusado de homicidio. Recordó que Emerald le había dicho que si desaparecía algún día acudiera a su primo, Benedetto Francesco Barberini, príncipe de Palestrina, un pequeño municipio que durante el Imperio Romano había sido una ciudad floreciente por su célebre templo dedicado a la diosa Fortuna Promigenia. Estrabón apuntaba como fundador de la ciudad a Telégono, hijo de Ulises. Adam no sabía si el primo de Emerald le iba a poder ayudar, pero desde luego necesitaba rezar a la diosa Fortuna, aunque no sirviera para nada, además del coraje de Ulises. Tenía que ir ahí y entrevistarse con el Príncipe de Palestrina. En esos momentos, cuando Andrew todavía estaba dándole vueltas a cómo trasladar semejante historia a sus superiores, a cómo informar del supuesto homicidio de Emerald a manos de un compañero de trabajo, una noticia que iba a conmocionar al mundo e iba a dañar irremediablemente la imagen del CERN..., Adam pensó que no tenía tiempo que perder. En cuanto escucharan a Andrew se formularía la orden de detención. Tenía que huir y partir hacia primero Palestrina, y luego a Egipto.

A las 18,50 horas partía el vuelo de Easyjet desde Ginebra a Roma que llegaría a la capital italiana hora y media después. En tres horas estaba ya aterrizando en Fiumicino mientras Andrew estaría exponiendo los supuestos hechos. Había empleado un pasaporte falso y había pagado unos 200 euros en efectivo, para no dejar rastro, pero le quedaba poco dinero. Al llegar a Roma llamó a su mentor y profesor Carlo Rubbia. La llamada fue breve. Siempre guardando respeto hacia el Premio Nobel.

Profesor Rubbia. ¿Adam? ¿Qué tal se encuentra? Bien, acercándome a esos 82 años. Pronto va a hacer 32 años de la observación de los bosones W y Z. Sí, Usted tenía 50 años, mi edad. Tremenda casualidad, pues ando detrás de descubrimientos asombrosos. Disculpe mi premura. Estoy en Roma y necesito hablar con Benedetto Francesco Barberini, príncipe de Palestrina. Carlo Rubbia entendió que Adam no podía ser más explícito, pues su comportamiento era muy extraño. Décadas encerrado en el CERN y ahora aparece una noche en Roma buscando a un amigo. Pero entendió la urgencia de Adam, e iba a conseguir el teléfono. Adam, llámame en 5 minutos. Y te consigo la entrevista. Él sabe perfectamente quien soy, como toda Italia. Grazie profesor. Si es posible esta misma noche.

A los 5 minutos Adam ya tenía el lugar de encuentro, en la misma Palestrina. Benedetto Francesco Barberini tenía unas estancias reservadas en el Palacio que, para el público, hoy es simplemente el Museo Nacional de Arqueología. Allí se había levantado tiempo atrás el templo de Fortuna Primigenia y Adam necesitaba mucha fortuna. El príncipe de Palestrina le recibió en la puerta del complejo. A esa hora el anfitrión ya había cenado y Adam no tenía apetito. La temperatura era agradable, por lo que pudieron pasear por los exteriores del recinto, donde Adam pudo apreciar la parte más antigua del santuario, en una gruta. Tras la bienvenida, Benedetto Francesco actuó con protocolo latino... abordando a su invitado con conversaciones preliminares, aparentemente sin importancia, mientras no perdía ningún detalle de Adam.

En esta gruta había un manantial que sirvió para un pozo del antiguo templo. Si ahora nos dirigimos a la sala absidal, le podré indicar dónde se encontró el mosaico del siglo II A.C. con escenas de las inundaciones del Nilo que fue reinstalado en el Palazzo Barberini-Colonna, en lo que hoy es el Museo Nacional. El templo original fue el mayor santuario de toda Italia y visible desde toda Roma y desde el mar. Aquí venían a consultar al oráculo, hasta que se prohibió la práctica y se cerró el templo. ¿Usted a qué viene?

A por Emerald. ¿Ha dicho bien?. ¿Emerald? En nuestra familia, y entre mis conocidas hay muchas Emerald. Sí, Emerald. Vengo de Suiza. Está desaparecida y me indicó que si un día no la encontraba viniera aquí. Subamos a la tercera planta, le mostraré el mosaico del Nilo y algo que creo que tengo para Usted. Yo no sabía de su existencia, pero Emerald me dejó una caja por si alguna vez se producía esta situación.

En la primera planta del palacio Adam apreció la Triada Capitolina con Júpiter, Juno y Minerva, las divinidades más importantes de Roma, y grupo escultórico único por su excelente conservación. En la segunda, había algunos objetos relativos al culto de la diosa Fortuna... y en la tercera, efectivamente, el mosaico hallado en 1600. De algo más de 20 metros cuadrados, mostraba el Nilo desde Etiopía hasta el Mediterráneo. Se veían representados los griegos ptolomeos, supuestos antepasados de Emerald y de Francesco Benedetto, y cómo no, de Cleopatra y de San Bartolomé, el santo que bautizaba la calle donde los Barberini tenían su palacio en Palma de Mallorca. Según los historiadores, el fresco es un indicio de la sincretización entre Fortuna e Isis. Fue mencionado por Plinio el Viejo. La familia Barberini lo trasladó del templo de Fortuna al actual Palacio. Era...una joya. Adam tenía la piel de gallina.

Tome, una caja. Esto es lo que tengo para quien venga a buscar a Emerald.

Adam la abrió. Había 3000 dólares y una pequeña bolsa con un collar de esmeraldas, como el que tenía el príncipe egipcio que conocieron en Palma de Mallorca antes de presenciar el ocho en la Catedral. Al coger la bolsa se quemó, literalmente. Miró fijamente a los ojos de Benedetto Francesco que le observaba sin sorprenderse. La volvió a coger y se volvió a quemar.

Diríjase a la gruta. Allí, donde se encontraba originalmente el mosaico... donde le he dicho que estaba el manantial. Aún encontrará agua para evitar la quemadura. Gracias

Adam salió del palacio hacia la gruta, se lavó la mano con un chorro que sobresalía de una pequeña fuente ovalada, una especie de miniatura del lago Leman, en Ginebra, y del estanque de Palma. Estaba en el lugar correcto para lavarse las manos y dejar de sentir dolor. Y pudo tocar el collar, de verdes esmeraldas de las minas de Egipto, sin quemarse. Sintió que se comunicaba con Emerald... pocos segundos, pero lo suficiente para recibir intuiciones. En la caja había unas llaves de un Ferrari... recordó que en el complejo estaba aparcado uno modelo 488 GTB que le llamó la atención por no estar en una zona más segura, en un parking privado. Sin despedirse del Principe de Palestrina, se dirigió hacia aquel Ferrari, probó la llave y pudo abrirlo y arrancarlo. Tenía que ir a Egipto, pero no podía dirigirse hacia el norte y adentrarse por tierra en los Balcanes, hasta Estambul, pues pronto empezaría la búsqueda del presunto asesino de Emerald...él. Necesitaba fe y Emerald se la estaba alimentando. Y algo le indicó que se dirigiera a la región más cercana a los Balcanes, a Puglia. Miró el mapa de Italia. Brindisi, tenía ocho letras. Iría ahí. Había unos 550 kilómetros, unas 5 horas y media. Puso rumbo hacia el tacón de la bota itálica. Sin descansar, llegaría en plena madrugada. Arrancó y con una velocidad máxima constante, se dirigió hacia Brindisi, para lo que tenía que pasar cerca de Nápoles y luego buscar el Adriático hasta Bari, y desde ahí descender a su destino. Por primera vez en toda la noche se podía relajar. En el asiento derecho llevaba la bolsa con el collar de esmeraldas. Vació la bolsa y las esmeraldas se iluminaban de un verde deslumbrante. A medida que acercaba su mano al collar, la luz de las piedras preciosas cambiaban de intensidad. En ese momento empezaba a entender qué estaba pasando y veía que, aún relajado, utilizando una mínima parte de sus facultades, conducía mejor que en otras circunstancias con mucha mayor atención, y sin ningún esfuerzo. Era como volar, dejándose llevar. Comenzó a formularse preguntas y sentía cómo Emerald las respondía. Tal vez Emerald le conduciría a un lugar donde completar la transmigración y reunirse con ella. En una de esas conversaciones con su musa, ella le dijo:

Estoy viendo la vida en la Tierra bajo una perspectiva como nunca podía haber imaginado. Desde aquí siento una gran compasión por los seres humanos. Han empezado tu captura. Andrew te entendía y creía, pero tenía miedo a los políticos... y los políticos a los inversores, al poder financiero, al poder económico, al dinero, al becerro de oro... Y te han acusado de asesinato, de mi asesinato. Tienen miedo de que algo nuevo cambie el orden de relaciones entre los seres humanos. Debido a ese miedo se comportan así. No son malvados. Son seres como aquellos primates que expulsaron a nuestros antepasados de la selva hacia el gran valle del Rift. Los seres humanos huimos de la agresividad de nuestros “primos” simios, pero estos primos no eran malvados por expulsarnos... tenían miedo de no tener suficientes recursos, de compartirlos... Y es lo que está sucediendo. Está todo programado. Es el karma. Toda acción tiene una reacción en su justa medida, como los dos círculos que conforman un ocho, el inferior refleja exactamente al superior. Está todo programado. Desde cualquier microorganismo que te puedas imaginar en los respiraderos de los fondos marinos o de los lugares más ácidos del Planeta o cualquiera de donde emergen a la superficie fumarolas ácidas que descartaban hasta hace poco tiempo la posibilidad de vida, en cualquier lugar, cualquier ser vivo, es una máquina programada sin ningún tipo de libertad. Incluso nosotros. Nuestros instintos básicos nos conducen a nuestras actuaciones. Todos somos víctimas de nuestra consciencia.

Emerald... ¿Qué me quieres decir? ¿Cómo vamos a tener consciencia sin libertad? Sí, el ser humano es plenamente consciente de su propia existencia y este es el principio de la transmutación que estaba apunto de suceder en el Planeta. Todos los animales estaban programados con los instintos básicos y simplemente tienen que obedecer a esa programación sin una preocupación existencial, pero los seres humanos mutaron sin dejar de ser seres programados, para poder sobrevivir en un mundo natural como el que nos rodea.

Por favor, explícamelo mejor. Esto siempre me ha atormentado pero si lo entiendo, si lo entiendo completamente, será un manantial de fe de donde beberé para llegar a mi destino sin que nada me detenga. Llevo toda la vida huyendo de mi gran duda y ahora me dices que estoy programado y solo soy consciente de mi propia existencia, y esta perspectiva existencial es mi pecado original. Emerald... por favor, explícamelo.

No, Adam. Estás equivocado. El Ser Humano se está transmutando, pero se está confundiendo. El sufrimiento humano es debido a la consciencia de la propia existencia y al control al que le sometían sus instintos básicos.

Sigue. Estoy entendiéndolo. Sigue. Necesito saberlo detalladamente, todo.


Emerald se detuvo durante unos segundos para organizar mentalmente un esquema y poder explicárselo. Para transmitirlo a un lenguaje verbal en el que lo pudiera entender.

Adam, la vida en la tierra ha ido evolucionando para llegar a este estadio. El ahora humano significa millones de años, pero geológicamente son unos segundos en comparación con todo el tiempo que lleva la vida en la Tierra. Es una preñez, un embarazo. La vida está preñada. Si el ser engendrado, que es el Ser Humano, es capaz de superar sus miedos, de salir a la superficie, los nuevos seres estarán en la tierra y habrá conseguido dar un salto cuántico. Si no es así, la especie humana desaparecerá tras un cataclismo, e incluso tal vez desaparezca la vida en la Tierra. No será grave para el Universo... hay muchos más planetas habitados y habitables en el futuro. Pero si se consiguiera, el salto evolutivo sería tan grande que te asombraría lo que iba a suceder. Yo puedo verlo. Soy la esperanza de la Tierra. Soy la madre de todas las criaturas nuevas. Tú, Adam, eres la conexión conmigo. Si fallas, esto habrá terminado. Tú y yo somos la última esmeralda, la última esperanza de este Planeta, que lleva miles de millones de años evolucionando para llegar a este momento. Es necesario hacer comprender a todos los habitantes del Planeta lo que está ocurriendo. Es un acto de fe que necesita la especie humana, que necesitan creer sus 7.200 millones de seres, que junto a los 7.200 millones de donde yo estoy sumamos 14.400 millones, 100 millones de veces doce veces doce. Si no, será como un conjunto de espermatozoides que no llegan a su óvulo, y no habrá fecundación. Adam, si lo conseguimos, los nuevos Seres Humanos serán como yo soy en estos momentos y tendrán una capacidad de entendimiento total. No será consciencia de su propia existencia. Será consciencia de lo que ocurre en la galaxia, en el Universo... en los multiversos. Lo entenderán... Todo. La situación será similar a la de un cerebro. ¿Te imaginas que una sola neurona sea capaz de entender lo que estamos investigando en el CERN y la física cuántica? Sería imposible. ¿Cómo una sola neurona va a poder entender el conjunto? Tendrá información, comunicación con algunas de ellas, pero en el cerebro hay entre 100.000 y 200.000 millones de neuronas... quizá 144.000 millones, y una sola neurona no es nada... no es nada. Un ser humano no es nada. Se conectará mediante las redes sociales con 144 “amigos”, doce veces doce, la gran multitud, que formarán parte de su círculo vital, con los que es capaz de mantener una verdadera comunicación, podrá enviar mensajes puntuales a miles o millones de seres a través de los medios de comunicación, de la edición cultural, pero sin llegar a transmitir una experiencia personal, un conocimiento profundo...el entendimiento permanente. Si el ser humano tiene el mismo alcance que una neurona en nuestro cerebro... ¿Cómo va a entender el conjunto?

Emerald quedó callada durante unos segundos. Y prosiguió.

Adam, es necesario creer lo que te estoy diciendo y apostar por ello. La gran batalla se va a librar. Hay millones de personas que no quieren renunciar a lo que creen que tienen y no tienen nada. Solo tienen consciencia para ser infelices, para sufrir, para no entender nada. Y pelean como fieras salvajes para conseguir eso. Unos por conseguir hembras a quien preñar. Otros por comer y engordar para tener reservas alimenticias durante tiempo. Otros por el poder, porque le garantizará el acceso a alimentos... La gran batalla se va a librar.

En aquel momento se desconectó la comunicación. Adam había llegado a Brindisi. Se dirigió a las playas, recordando que allí desembarcaban cada año miles de inmigrantes de oriente medio y de los Balcanes llegados en pateras. No le costaría encontrar una embarcación. Finalmente halló una en Torre Guaceto, una de las hermosas playas de la región. Se iba a dirigir hacia Albania o Grecia y desde allí proseguir su viaje a Estambul o directamente a Egipto, como le fuera mejor. Cogió la caja. Se percató de que había una nota que no había visto hasta entonces. Rezaba: “Llega la bestia, se acerca el juicio final. Isis con velo. Isis desafiando. Isis de cerca. Isis iluminando”. En otra letra se añadía una anotación: “Oración de ISIS. Sacerdotisa azteca. Hallada junto a una pirámide, 1984”. Los dígitos sumaban 32, múltiplo de ocho”. Adam sentía cómo ese mensaje era actual. Isis era el nombre de la diosa... de la diosa Fortuna. Pero también, del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS). Aquella oración de 1984 describía perfectamente lo que sucedía en 2015... Describía aquello que siempre había sucedido. El ser humano a través de los militantes del ISIS había rugido como una bestia. El animal no quería morir, no quería transformarse, no quería evolucionar. Estaba apegado a sus hechuras. Adam también, tenía un cómodo y rápido deportivo, pero sin perder más tiempo, dejó el lujoso Ferrari y embarcó en una humilde patera, en dirección contraria a la que habitualmente se cruzaba el Mediterráneo... hacia los Balcanes. Dejó atrás toda una vida.

Capítulo VIIEditar

La patera no tenía mucho combustible, pero lo suficiente para llegar a Corfú a la noche, tras un día navegando bajo el tórrido sol del veranillo de San Martín. Cuando desembarcó aún guardaba en su memoria los olivos, costas y grandes bahías que había visto al atardecer, al aproximarse a esta isla griega. Le había sorprendido su densa vegetación, sus frondosas colinas, la aparente fertilidad, y todo ello pese a encontrarse en el sur de Europa, ya no demasiado lejos del norte de África. Pero lo más sorprendente era el monte Pantokrator, con sus casi mil metros de altura a pocos kilómetros de la costa. No sabía a qué distancia se encontraba de la capital de la Isla. Le hubiera gustado visitar los templos de Hera y de Artemisa, las fortalezas de estilo veneciano, las basílicas bizantinas... pero no tenía tiempo. Había logrado llegar a Grecia. Seguramente le estarían buscando en los aeropuertos y en las fronteras de Italia, Austria, Eslovenia, Alemania... y tenía que salir cuanto antes de la Unión Europea. Debía conseguir más combustible. A aproximadamente dos kilómetros veía unas luces, seguramente de un núcleo de población. Se dirigió hacia ellas remando sin alejarse de la costa. Finalmente llegó a una tranquila playa. Amarró la barca, caminó unos 10 minutos hasta llegar al centro de la localidad. Era, por lo que estaba indicado, San Stefanos. Decidió quedarse a dormir en una habitación que le ofreció el dueño de un bar, donde pudo cenar.

A la mañana siguiente compró el combustible y zarpó hacia el sur. Adam, repuesto, se sentía con fuerzas para encontrar a Emerald. Salir de Europa iba a ser más duro de lo que imaginaba. Dejaba atrás la gran burbuja de cristal, el paraíso del materialismo, para adentrarse en una aventura sin retorno. Mientras se preguntaba qué le esperaba, cruzaba las islas Jónicas, entre ellas Cefalonia, donde estaba la península de Paliki, que el escritor británico Robert Bittlestone y las universidades de Cambridge y Edimburgo identificaban con Ítaca, la patria de Ulises. La “Odisea” que estaba viviendo y el deseo de abrazar a su Penélope, Emerald, le hacía sentir paralelismos con Ulises, aunque en su caso no quería volver a casa. Si Ítaca era Suiza, no era su destino. Quizá le esperaba una Ítaca que no había conocido bajo la persona de Adam. Quizá pisaría la tierra de sus antepasados, como la que describía Emerald cuando hablaba de la dinastía Ptolomea. Quizá él también tenía sus orígenes en las proximidades del Nilo. Al fin y al cabo, la vida humana se había originado en el Valle del Rift, cerca de las fuentes del gran río africano, y algún antepasado suyo habría hecho el recorrido a la inversa. Quizá el Rift era su Ítaca, donde encontraría a su Penélope, y no lo sabía. Lo que sí sabía es que cruzar Grecia rumbo a Estambul y pasando desapercibido sería duro, pero valdría la pena. Finalmente, tras ocho largas jornadas de navegación, repostando en las islas que iba encontrando por el camino, sin entrar en Atenas, llegó a Çanakkale, a 300 km al sur de Estambul, donde precisamente se situaba la antigua Troya. Por fin, había salido de la Unión Europea y pisaba continente asiático. Adam contaba casi con 3000 dólares, pues apenas se había gastado unos cientos en dormir en Corfú, y en comida y combustible que adquirió en otras escalas. Pero tenía algo más importante: el collar de esmeraldas que le acompañaba desde Italia.

Adam, sin apenas darse cuenta, reparó en que estaba recorriendo a la inversa el trayecto de la cultura occidental. Partir del nuevo centro de Europa, en Suiza, no lejos de Alemania y las instituciones europeas, hacia la cuna del antiguo Imperio Romano, y posteriormente pasar por Grecia y llegar a Asia Menor no podía ser casual. Era un viaje por los paisajes de la historia occidental. Una retrospección histórica.

En Çanakkale debía conseguir un vehículo, quizá una motocicleta, que le permitiera llegar a Egipto cuanto antes. Decidió tomar un autobús y dirigirse a Estambul. Seguramente allí podría encontrar de todo. Para ello tomó un taxi hasta Galípoli, lugar de donde partían los servicios expresos, pero también recordado por la batalla de los Dardanelos en la que murieron 250.000 soldados. Aquella derrota desencadenó la caída del zar ruso, Nicolás II, por falta de abastecimiento, así como una importante crisis política en Reino Unido. Un siglo después, Adam tenía claro que el sistema no era inmune a nuevas derrotas, y Emerald le transmitía un mensaje: es necesaria una catarsis. Mientras daba vuelta a estos pensamientos y hechos históricos, y se preguntaba si pronto el Reino Unido y Rusia vivirían una nueva crisis política, recorría la distancia que le separaba de Estambul, donde llegó al mediodía.

Mezclarse entre la multitud le permitiría pasar desapercibido. Adam necesitaba reponer fuerzas. Aún le quedaban semanas para llegar a su destino, y cada vez con menos comodidades. Su aspecto era más bien el de un náufrago. En poco tiempo había perdido la estética que tenía en Suiza, pero, sin embargo, al mismo ritmo crecía éticamente.

Al llegar a Estambul se encaminó al barrio Çemberlitas. Ante él se erigía la columna de Constantino, que se levantó en el año 330 durante la declaración de Constantinopla como capital del Imperio Romano de Oriente. Frente a ella, había unos baños públicos y varios hostales. Su objetivo era reservar una habitación en el hostal y disfrutar de los baños termales de Çemberlitas, pero antes necesitaba un pasaporte falso. Para conseguirlo se adentró en el laberinto de colores, luces y olores del Gran Bazar. Localizó una tienda de antigüedades. Simulando hablar un inglés meridional, vocalizando más de lo que hacía en el CERN, preguntó al comerciante dónde podía adquirir un pasaporte. El vendedor llamó a un chico y le dijo algo en turco. Adam no sabía si huir o esperar. Quizá la policía se presentaría en cualquier momento. Pero tenía que arriesgar. No podía exponerse a ser localizado por las autoridades. Pronto la Interpol estaría buscándole. Al cabo de quince largos minutos, volvió el chico, y el comerciante abrió el sobre que le entregó. Había un pasaporte de la República de Georgia. Aquel hombre, ya algo anciano, le pidió que le acompañara por las estrechas callejuelas del Gran Bazar. Tras caminar dos o tres minutos, entraron en una pequeña tienda. Su “guía” y el tendero que le recibió se saludaron y debieron pasar al tema en cuestión, dados los gestos que hacían.

El nuevo anfitrión se dirigió a la trastienda, volvió con una cámara de fotos reflex, parecía una Canon. Hicieron que se sentara Adam y le tomaron unas fotos. Todo parecía ir bien. 5 minutos después ya habían imprimido las fotografías y le entregaron un pasaporte, previo pago de 750 dólares. Ahora, oficialmente, se llamaba Amiran Gabashvili. El nombre de Amiran le recordaba al héroe mitológico georgiano que fue tragado por un dragón pero que una vez dentro abrió el estómago y se escapó. Era el símbolo de muerte y de resurreción, de renacimiento eterno, de la lucha contra la esclavitud. Hasta le hizo ilusión llevar su nombre. Con el pasaporte en mano, ahora sí, reservó una habitación en Çemberlitas y se relajó en los seculares baños termales.

El siguiente objetivo era conseguir una motocicleta, pero apenas disponía de 2000 dólares. Sin embargo, a medida que se iba desvistiendo dentro del hammam para relajarse, dejaba de lado las preocupaciones. Envuelto ya en una especie de toalla a cuadro rojos confeccionada en lino natural, Adam, ahora Amiran, se dirigió hacia una sala con mármoles nobles, con una temperatura y humedad que invitaban a la relajación. Alrededor de la gran piedra central y separados de ésta por columnas unidas por arcos de herraduras, se posicionaban por toda la estancia múltiples surtidores de agua fría y caliente que, a través del sonido y el vapor que desprendían, venían a crear un espacio de sosiego y bienestar del que nadie querría desprenderse. Sin embargo, era la luz de aquél espacio y sus matices cromáticos lo que conseguía rematar esa conjunción armoniosa de sensaciones.

La sala correspondía a la típica edificación árabe que remataba el techo con una cúpula elevada sobre un cimborrio lleno de lucernarios con forma de medias lunas y estrellas, por los que se filtraba la luz del exterior creando ese peculiar juego de luces y sombras. Adam se tumbó en la gran piedra central y quedó dormido. Sin saber cuánto tiempo había transcurrido soñando cosas inconexas, y cómo no, con Emerald, abrió los ojos y escuchó una voz que le saludaba. Giró la cabeza para dirigir la vista hacia donde procedía aquel “buenas tardes, Adam”, mientras su corazón palpitaba como si se aproximara el fin de de su escapada.

¿Karim? Sí, Adam, el mismo. Veo que recuerdas nuestro encuentro en Mallorca. Inolvidable. Un placer. ¿Qué haces aquí? ¿Qué casualidad? Igualmente. Vengo del funeral de mi tía, fallecida en Alejandría. Antes de regresar a la isla he querido pasar unos días en esta encantadora ciudad, que representa mis dos mundos, Occidente y Oriente. ¿Y tú? ¿Qué te trae por aquí? De viaje. Voy a Egipto, también. Una amiga me espera, pero, por favor, sé discreto.Mi mujer piensa que estoy en unas jornadas de investigación aquí en Estambul y que permaneceré una semana, cuando realmente mañana pensaba irme. ¿Estás casado? Tu mujer tampoco fue a Mallorca. Sí. Bueno, Emerald es solo una compañera de trabajo. Nunca he querido mezclar trabajo y sentimientos, pero, cierto, mi mujer y yo llevamos una vida bastante independiente, aunque procuramos no dar a conocer detalles. Ya sabes como somos al norte de los Pirineos. Jajajaja…. ya veo. Tranquilo. Los árabes respetamos, generalmente, los secretos de hammam. Si es así, ¿conoces bien la ciudad? Necesito una motocicleta. ¿A Egipto en motocicleta? Estás loco. ¿Piensas entrar en Siria? Por la costa. Está controlada por Rusia y es segura. Bueno… es un decir que es segura, pero tampoco está en guerra total. Caray con el espíritu aventurero de los burócratas centroeuropeos. Tanto orden y disciplina os desequilibra un poco cuando tenéis oportunidad de perder los papeles. Así es. Tranquilo, te conseguiré una motocicleta a buen precio. Ven, te presentaré a un amigo judío.

     Se dirigieron hacia el lado opuesto de la sala termal, donde apenas el sol iluminaba.

Te presento a Yósef Berakhah Encantado, soy Adam, amigo de Karim. Igualmente. Adam y yo nos conocimos en Mallorca. Nos presentó una miembro de la familia Barberin, colega suyo en Suiza. Yósef es un pintor sefardí, refugiado en Estambul. Conoce muy bien Egipto. Sí, estuve ahí durante los sucesos de la plaza Tahrir. Digamos que soy, en estos momentos, un pintor de guerra. ¿Refugiado en Estambul? ¿No puedes vivir en España? Tengo casa en Mallorca, pero aunque existe la libertad religiosa, la de pensamiento y de expresión no es real. Es una mierda de país donde te discriminan si no te conviertes a la doctrina oficial, sea una religión o ciertas convenciones sociales. No te creas que el resto de Europa occidental es muy diferente. Y aquí, en Turquía, dados los acontecimientos con los kurdos, el Islam radical y las tensiones con potencias vecinas… cualquier día habrá un levantamiento contra el presidente Erdogan. Adam, en la cena no parecías tan crítico. Bueno, quizá más que un comentario, es un deliz lejos de la burocracia, Karim. Ya sabes cómo nos desfogamos los naturales de centroeuropa. Yósef, yo también soy descendiente judío, aunque de Bélgica. Estamos condenados a vivir sin tierra, aunque me gustaría ir a Israel antes de llegar a Egipto. Me dirijo por tierra. ¿Por tierra? Estás loco. Las fronteras con Siria están controladísimas. Van a pensar que te sumas al Estado Islámico. Quizá te pueda ayudar, no obstante. Tengo pendiente cubrir la guerra de Siria sobre el terreno. Tengo buenos contactos con askenazís influyentes en el Kremlin. Nos dejarán llegar hasta Latakia, donde los chiitas alauíes y los cristianos son mayoría. Desde ahí, podríamos ir a Tartus con nuevos permisos y cruzar al Líbano. Siempre sin alejarse de la costa. A pesar de ser lugares que no están bajo control del Estado Islámico, hay bombardeos y atentados constantemente. Nada de pasaporte europeo. Yo uso uno ruso. Yo georgiano. Por esta vez seremos aliados. ¿Cuándo quieres partir? Mañana. Conseguiremos la moto, pero tendremos que salir pasado mañana. Por fin, podré contar con mi expresionismo colorido el horror de Siria. Hecho. Mi viaje, como le he contado a Karim, es una aventura amorosa en Egipto. Por favor, quiero discreción. Tranquilo, es un pacto de caballeros. De hammam. Que Dios acabe con nuestra vida si alguien lo incumple. Ahora, lo mejor es que salgamos de aquí por separado, como hemos entrado. Nos pueden confundir con seguidores del Estado Islámico, a pesar de que no oculto mi ascendencia judía. Pero hay muchos nervios, y cualquiera que se dirija hacia territorio kurdo o sirio es sospechoso. Te advierto de que es una locura. No hay vuelta atrás. Si la vida vale la pena por algo, es por el amor. Menudo romántico, no pareces centroeuropeo. Jajaja. Nos vemos mañana junto a la columna de Constantino. Compramos la moto, en el Gran Bazar, a pachas. Y al llegar a Tartus ya arreglaremos cuentas. Yo seguramente me quedaré allí. Y mañana a descansar. Quizá un poco de hammam te vendrá bien antes del viaje. Vas a acabar con la espalda molida. Hecho. Karim, descendiente de Mahoma, eres testigo de un pacto entre dos judíos. Acepto con placer el papel. Salem Salem Salam

Adam se dirigió al hostal, subió a la terraza al atardecer, y se sentó observando desde arriba el viejo Estambul a la vez que oía el llamamiento a las mezquitas que hacían los diferentes imanes. En aquel momento, pensó que la gran ciudad turca, la antigua capital otomana, le estaba brindando la oportunidad de presenciar la variedad humana que se había concentrado en el punto que unía Europa con Asia Menor. Bajó la vista, y se percató de que en una baldosa se encontraba dibujada la rosa de los vientos, con sus ocho indicaciones. La mezcla de gentes, de humanos diferentes, no podía ser casual. La propia naturaleza generaba diversidad, tal cual una torre de Babel, para poder asegurarse que de tan apreciable mezcla hubiera, cuando menos, una criatura capaz de proseguir la vida. Esa es, sin duda, la clave de la evolución de la vida, que nace de la diversidad.

Sin embargo, una fuerza intentaba abortar el camino hacia la regeneración, uniformando el mundo. Dos milenios atrás el Imperio Romano emprendió la latinización del mundo conocido, y en ese mismo lugar, y en ese instante, Adam era consciente de que la llamada globalización tenía el mismo propósito: acabar con la diversidad que garantiza la supervivencia de la especie humana. Mientras llegaba a esta conclusión, el sol ya se había puesto y las primeras estrellas alumbraron el firmamento. Aquella gran estrella había dado paso a una diversidad que reinaba la noche.

Capítulo VIIIEditar

Dos días después, Yôsef y Adam partían hacia Siria, cruzando Turquía. Al aproximarse a la frontera veían cómo aumentaban los controles militares. El reto era entrar en Siria, ya fuera del territorio OTAN, algo que, paradójicamente, haría a Adam sentirse más seguro. El ejército turco no permitiría fácilmente que un supuesto georgiano y un supuesto ruso entraran en Siria. O Yôsef debía conseguir que el Kremlin los colara, a cambio seguramente de otros favores al bloque de la OTAN, o debían buscarse otra manera de acceder. A Adam se le ocurrió, tras su experiencia de navegación por el Egeo, cruzar por mar, haciéndose con una barca. A Yûsef le pareció buena idea, aunque se sorprendió de las habilidades de aquel burócrata. Quizá llevaba en la sangre, como él, el aprendizaje de la huida. Llegaron a Meydan. Reservaron una noche en el Meydan Suites pero sin intención de quedarse a dormir, solo para informar a la policía de que eran dos turistas. Se fueron en motocicleta hacia la playa y preguntaron dónde se podía comprar una barca del suficiente tamaño para introducir el vehículo y el equipaje. Finalmente, hallaron un comercio que se dedicaba al alquiler de embarcaciones para turistas pero, que sin embargo, debido a las consecuencias de la guerra de Siria en la zona, estaba bastante desolado y abandonado.

Traspasaron la puerta en paralelo, y no tardó en aparecérseles un hombre de unos 60 años, con aspecto cansado y triste. En ese momento, Adam y Yûsef, tras saludarse cordialmente con el comercio, se medio sinceraron con él y le confensaron que querían cruzar a Siria.

Aquel hombre, sin embargó, no contestó de inmediato a la propuesta, y comenzó a hablar de su vida. A Adam siempre le había inquietado esa tradición mediterránea de no ir directo al grano, pero su interior estaba cambiando, y lo que antes le parecía una pérdida de tiempo, ahora le suponía un hermoso preludio. El comerciante también se sinceró. Decía venir del norte de la India, y haber tenido que pagar una gran suma de dinero al cacique local propietario del hotel, solo por estar en Turquía, cerca de Europa, donde habían emigrado sus hijos. Su vida era una ruina, y aún no tenía la deuda saldada. Trabajaba prácticamente gratis y apenas le quedaba dinero para comer. Tenía miedo de cerrar un trato con Adam sin que pasara por la recepción del hotel, que le enviaba los clientes. Sin embargo, llegaron a un acuerdo. Por 200 dólares, les dejaría en la primera playa al cruzar la frontera.

Subieron la motocicleta a la pequeña embarcación, y la cubrieron con una lona. Bajo las estrellas de una noche de luna nueva penetraron en aguas sirias. El comerciante, contrariamente a lo acordado, se unió a ellos y cruzaron juntos por la orilla la frontera. Adam sabía que su viaje no tenía retorno; ya había dado otro paso más hacia la libertad y el reencuentro con Emerald. Estaba ya fuera de los muros de la Gran Roma, de la OTAN. Yósef y Adam bajaron la motocicleta y los bártulos de la barca a tierra. El comerciante hindú que les acompañaba también descendió. En ese momento sintieron una tremenda explosión. Miraron hacia la parte turca, desde donde habían partido, y allí donde se encontraba el hotel en el que supuestamente se alojaban, se vislumbraban unas gigantescas llamas. ¿Habría sido un atentado? ¿Culparían al ISIS de aquella matanza en tierras turcas? ¿O era resultado de una acción maquiavélica que pretendía acabar con su vida y paralizar su huída? Adam se quedó estupefacto. Los tres se miraron como si hubieran vuelto a nacer. El comerciante hindú dijo:

“Me siento libre. Mis ataduras han volado”.

Adam compartía esas mismas palabras, aunque no exactamente por los mismos motivos. De hecho, observaba como el collar de esmeraldas que estaba junto a la motocicleta parpadeaba, mostrando diferentes intensidades de verde, algo inusual desde que lo recogió en Italia. ¿Debía significar algo más?. Antes de subir a la motocicleta y separarse de aquel hombre, tuvieron una breve, pero profunda conversación.

Como le he dicho, procedo del norte de la India. Mi ilusión era dar un futuro a mis hijos, que están ya en Europa, pero a medida que me he acercado al Viejo Continente he perdido la ingenuidad y libertad con la que me crié. Mi vida había llegado a un punto donde era un esclavo espiritual y material. Mi vida, y la de muchos otros, que ni aún siendo musulmanes, se enrolan en el ISIS hartos de la desesparanza. A partir de ahora, puedo reemprender el viaje a mi libertad original. Quiero volver a la Santosha, que, en sánscrito, una de las lenguas filosóficas de la India, quiere decir, “completa satisfacción”. Les agradezco, señores, que por la mediación del Gran Hacedor, me hayan salvado la vida y liberado de mi esclavitud.

Adam, en aquel momento contestó:

Soy yo el agradecido. Con lo que Usted me acaba de contar, me ha permitido abrir aún más mis horizontes y comprender que la salvación de la humanidad pasa por una solución colectiva respetando a la diversidad. Namasté -añadió Adam- acercándose un poco más a la cultura sánscrita, usando la milenaria fórmula de saludo y reverencia tan conocida en los grupos de yoga y espiritualidad oriental de Ginebra. Namasté, respondió aquel hombre juntando las palmas manos y sonriendo.

Se despidieron y Adam y Yósef se dirigieron hacia Latakia, donde contactarían con conocidos del Kremlin. Llegaron al alba. Desayunaron con un militar ruso. Yósef se defendía bien en la lengua eslava. Fueron alojados en un hotel, y repusieron fuerzas. Siempre “guiados” por militares, salieron a almorzar y a conocer el puerto. Yósef no dejaba de hacer preguntas, dibujos, fotografías… observaba la realidad que le rodeaba con mil ojos. Al día siguiente fueron a Tartus, donde finalizaba el viaje juntos.

Yósef, ha sido un placer. Me has ayudado mucho. De todas formas, si vas a quedarte en Tartus espero verte en unos días. ¿Pero no vas a Líbano, Israel y Egipto? Sí, pero antes quiero desviarme a Palmira. Para eso no cuentes conmigo. Bueno, oficialmente soy georgiano, no ruso. Vas a encontrar fuego cruzado. Espera, si quieres ir a la línea del frente, aquí con dinero todo se arregla. Te pueden dejar cerca de Palmira, el mismo ejército. Pero no es seguro que vuelvas. No sabes dónde te metes. Cumpliré con todo lo que me indiquen los “funcionarios” del Estado Islámico. Una visita rápida. ¿Pero por qué? Tengo que visitar los restos de la ciudad que embelleció Zenobia, descendiente de Cleopatra. Además, quiero visitar a la familia de un gran amigo, Khaled Asaad. Fui invitado como observador a una misión arqueológica suiza en Palmira, que él dirigió. No puedo entrar en Líbano sin volver a Palmira y despedirme de él. Falleció en agosto, fue decapitado. Tú mismo. Que Yahvé te proteja, hermano. Llamaré al ejército, para que te recoja y te lleve al frente. Prepara un par de cientos de dólares. Gracias, hermano.

El ejército le trasladó hasta a un punto a 4 kilómetros de Palmira. Allí le recibió el teniente Milad, arqueólogo movilizado como oficial. Había sido reclutado por los Cascos Azules. Esa noche durmió en el campamento escuchando de vez en cuando lanzamientos de mortero y explosiones. El teniente le intentó convencer para que no entrara en Palmira, pero también había conocido a Khaled Asaad y ambos sentían pasión por el pasado de Zenobia y la gran época de la ciudad monumental. Acabados intentos, el teniente Milad, viendo que no le iba a convencer, decidió repetir algo que muy de vez en cuando hacía: En noches de luna nueva, como aquella, ir y volver a las ruinas, camuflados. No iba a ser esa noche, pues el teniente Milad tenía que preparar a su nuevo amigo. De todas formas, consiguió el compromiso de Adam de volver al campamento sin que un rayo de sol les alumbrara en Palmira. A la noche siguiente, partieron. Tardaron 3 horas en recorrer los 4 kilómetros. Iban de incógnitos, vestidos de civiles, sin armas, y aún así lejos de las carreteras y entre los matorrales. Llegaron al campamento de Diocleciano. Apenas quedaba rastro ya del templo de Bei, el Dios supremo feniciocananeo.

Malditos, hijos de puta. Que se pudran en el infierno. Silencio, Amiran (el teniente desconocía el verdadero nombre de Adam)

Obviamente no iba a poder dar el abrazo que deseaba a la familia de Khaled Assad, pero sí que inscribió sobre el pedestal de una columna, “Aquí ha estado Adam, amigo del alma del profesor Khaled Assad”, indicando la fecha. Y añadió: “La vida triunfará sobre la muerte. El amor derrotará al Estado Islámico”. Era una provocación, pues Adam quería que algún funcionario del Estado Islámico descubriera la inscripción y la noticia corriera por Palmira, llegando a los oídos de la familia de Khaled Assad. Antes de abandonar el lugar, en el templo de Diocleciano escribió: “Emerald, hija de la gran Cleopatra, de la gran Zenobia… inspiradora del misterio del Universo, no pararé hasta la creación de la gran Consciencia que nos conduzca a la paz y armonía universal”. En ese momento, cuando Adam procedía a levantar la nuca, sintió algo gélido en su cuello. Se volvió e interpretó que le apuntaba un kalashnikov. Levantó la mirada y presenció un guerrero, seguramente del ISIS. En un inglés paupérrimo le preguntó:

¿Qué has escrito, maldito infiel? Vosotros, terroristas, criminales, bestias del mal, habéis matado a mi amigo, Khaled Assad… mátame, ahora, si te queda algo de humanidad pues no quiero sufrir más… indicó con rabia, desesperación y sollozos Adam. Los terroristas y criminales sois vosotros. Khaled Assad era un instrumento de Occidente, que mediante el turismo nos colonizaba para asimilarnos a lo que vosotros llamáis vuestra cultura, que no es más que el materialismo en su máxima expresión. Estoy cuidando a aquel anciano que ves detrás de esas palmeras, porque toda su familia, sus hijos, todo lo que tenía, lo perdió en un bombardeo cuando los occidentales nos atacaron con la justificación de liberarnos del mal. ¿Tú me llamas terrorista? ¿Y no es infundir terror bombardear una aldea, una casa de un anciano, y arruinar nuestra vida?. Aquí, en este cruce de caminos de civilizaciones, y a lo largo y ancho del mundo musulmán, hemos convivido con cristianos y judíos durante siglos, y sin embargo, cuando nos propusimos trasladar el Corán, un nuevo mensaje espiritual para Occidente, nos respondisteis con las Cruzadas, que aún prosiguen de manos de las potencias que nos bombardean y explotan nuestros recursos. Dejadnos en paz. Sois libres de abrazar a Allah o arder en el infierno, elegid vuestro camino, pero dejadnos en paz.

Adam se quedó pensativo, sin saber si iba a recibir un tiro de gracia, o aquel hombre le arrancaría la cabeza de un corte limpio. Pero, de repente, se originó una tormenta de arena y polvo. El teniente, que se había escondido a unos 100 metros de donde se encontraban Adam y el guerrero del ISIS, gritó:

Amiran…. ¿o Adam?... o como te llames. Corra como un loco, es decir, como lo que es.

El teniente identificó a Adam por el collar de esmeraldas, que se volvió a iluminar en medio de la tormenta. Le agarró fuerte, y tiró de él para emprender la carrera. Y en apenas 20 minutos llegaron al campamento.

Adam apenas pudo dormir aquella noche. Había estado a punto de perder la vida, nuevamente. No sabía si estaba cometiendo una locura. Sin embargo, ya era tarde para volver a Suiza. Al salir el sol, se dirigió a Tartus, cenó con Yôsef y al día siguiente se despidió de él, ya definitivamente, para entrar en Líbano y en Israel. El último favor que le hizo Yôsef fue regalarle su parte de la motocicleta, y darle el contacto para que en Jerusalén fuera recibido como un hijo de Israel, con todos los honores.

Capítulo IXEditar

El trayecto por Israel estaba previsto que fuera el más tranquilo de todo el periplo desde que saliera de Italia. Al menos, creerían que había fallecido en el hotel de Turquía antes de cruzar la frontera a Siria. Eso sí, tenía que decir que se llamaba Amiran, como indicaba su pasaporte, y que era un judío georgiano. Y, por supuesto, rezar en el muro de las lamentaciones. Tenía mucho por lo que rezar.

Cruzar Líbano y entrar en Israel fue relativamente fácil. Le llegaban noticias de que el Estado Islámico había volado una columna en las ruinas de Palmira. Los diarios no informaban nada sobre las inscripciones, pero la ubicación coincidía. A esas horas, toda Palmira sabría que alguien había estado ahí en recuerdo de Khaled Assad…. lo que nadie sabía era que también había dejado un recuerdo a Zenobia, bueno a Emerald. Nadie se percataría de si era una inscripción de cualquier turista, y no precisamente del último turista occidental en Palmira, él, Adam.

En Jerusalén tenía que cumplir con el rito de visitar el muro, la sinagoga, y rezar como un judío. Su objetivo era seguir reponiendo fuerzas y entrar cuanto antes en Egipto, por el Sinaí. Las autoridades israelíes parecieron no sospechar nada. Incluso, pudo penetrar en la Ciudad Vieja y dejarse perder por su laberíntico mercado árabe. Mientras la recorría identificaba a judíos, cristianos, árabes, algunos de ellos palestinos pero no todos, y por el habla parecía oír algo de armenio. Comprendía que Jerusalén era un crisol de culturas, pero también había sido codiciadas por numerosos imperios y naciones. Evitó enumerarlas porque se acercarían a la docena y le comenzaba a acomplejar estar siempre encontrando una relación numérica con todo lo que veía y pensaba. Temía volverse loco, o más loco de lo que estaba, si seguía así.

Internarse por las intrincadas callejuelas del mercado era zambullirse en una experiencia sensorial indescriptible de colores, olores y sabores. La variedad de especias; frutas secas y frescas; los dulces; el pan, mayoritariamente moldeado al estilo oriental, solo o con kebab, shwarma, falafel; el café con cardamomo o canela; las muchas variedades de tés exóticos, el incienso, los tabacos perfumados para narguile; los textiles y ropas tradicionales (alfombras, túnicas, blusas y gorros musulmanes bordados); y tantos estímulos que le hacían difícil concentrar la atención en una sola maravilla cada vez… Casi todo lo que uno quería o necesitara para la vida cotidiana podía encontrarse en ese mercado…. Incluso esmeraldas. Sin embargo, se veían pocas mujeres, y las pocas eran ancianas acompañadas de supuestos maridos y nietos.

Si la riqueza material era asombrosa, no lo era menos la espiritual. Los comerciantes y portadores sonreían y dirigían su mirada humilde y esperanzadora hacia, Adam según lo veían pasar. En algunas tiendas le ofrecían café, té y pastas gratis, solamente para tener la oportunidad de conversar con él, o atraerle hacia el género que vendían, si bien no parecía una estrategia comercial occidental, sino más bien una actitud muy natural y hospitalaria.

Adam se sorprendió de que por el mercado deambularan sin conflicto ni miedo aparente curas y monjas cristianas, tanto católicos como orientales, así como judíos ortodoxos e incluso negros etíopes. Los judíos negros, conocidos como Beta Israel, decían descender de los exiliados de la guerra civil que se desató después del Reino de Salomón, casi 1000 años antes de Cristo. Aquellos exiliados se asentaron en Egipto y con el tiempo algunos alcanzaron Etiopía, que, por otra parte, conservaba el cristianismo copto, uno de los más tradicionales y primitivos y se mantenía como un país multirreligioso en el Este de África, donde la mayoría de territorios eran regidos por gobiernos musulmanes. Parte de aquellos judíos etíopes habían regresado a Israel tras la constitución del nuevo Estado, aunque a veces eran discriminados por sus propios hermanos de religión. Sin embargo, en aquel mercado todo el mundo era bien recibido. Sin embargo, la tranquilidad no era total. Por momentos Adam devenía tenso al percatarse de la presencia permanente de soldados y policías israelíes armados hasta los dientes, supuestamente vigilando todo el tiempo a la población palestina, pero, sin duda, bien conectados con el Mossad y los servicios secretos occidentales que le estaban buscando. Además, había cámaras de seguridad que registraban los movimientos más sospechosos. Por ello, Adam procuraba mantenerse lejos de las esporádicas trifulcas e insultos que se cruzaban los soldados y los jóvenes palestinos, no ya por motivos raciales o religiosos, sino porque estos últimos menudeaban e intentaban robar algo a los comercios y turistas para llevarse algún alimento a la boca. Adam no sabía bien si aquello era una ciudad más, o una sipnosis del mundo, con su variedad y problemas representados en unos pocos kilómetros cuadrados. Finalmente no compró más que algunas bebidas, y se propuso dirigirse hacia los santos lugares.

Si bien su deseo le empujaba a cumplir con la tradición familiar y dirigirse simplemente a la sinagoga y al muro de las lamentaciones, se propuso también visitar el barrio cristiano y el armenio, entrando en algunas iglesias, como en la del Santo Sepulcro, una verdadera torre de Babel y un desfile de personas necesitadas de muchas respuestas. También cruzó la Explanada de las Mezquitas, aunque evitó entrar en la mezquita de Al-Aqsa y en la Cúpula de la Roca, pues una cosa era que un judío se mezclara con árabes en el mercado de la Ciudad Vieja y otra que se acercara excesivamente a “territorio enemigo”.

Otra de las sorpresas de Adam en su visita a la ciudad Santa fue el contraste entre Jerusalén Oeste, completamente desarrollada como una capital del primer mundo, y Jerusalén Este, que bien parecía el tercer o cuarto mundo. Las profundas diferencias sociales le hacían ver lo que se suponía que era un conflicto racial o religioso de otra manera, máxime después de escuchar días atrás a aquel hombre hindú que le ayudó a atravesar a Siria y que le denunció la presión social que, según él, empujaban a los desesperanzados a enrolarse en las facciones integristas, incluso sin ser musulmanes.

Antes de retirarse al piso que había alquilado, fuera de la ruta de alojamientos oficiales, decidió acercarse al cenáculo, el lugar donde se supone que Jesús ofreció su última cena a sus apóstoles. También era el lugar donde se reunían los apóstoles después de la resurrección de Jesús y donde se encontraban durante el Pentecostés. Básicamente tenía dos plantas: la baja, donde antiguamente se formaban los apóstoles y discípulos cristianos, y la planta primera, donde se comía y se supone que se celebró la Última Cena. Se encontraba muy cerca de Monte Sion, y en su planta baja se hallaba la supuesta tumba del Rey David. Observarla le recordó a aquel enorme rosetón de la Catedral de Mallorca que parecía incluir la estrella de David.

Adam empezó a dar rienda suelta a su imaginación y recordó que el Pentecostés, que se conmemoraba en Jerusalén siempre en ese mismo edificio, celebraba, entre los cristianos, la venida del Espíritu Santo, algo que nunca había entendido desde un punto de vista racional pero que tras sus conexiones con Emerald le parecía más comprensible. Comenzaba a entender que según el cristianismo Dios, el Gran Hacedor; el ser humano hecho carne, un cuerpo mortal, Jesús, y el Espíritu Santo, que conforma la persona, era todo uno. A veces se preguntaba si detrás de esos mensajes del cristianismo, del judaísmo, pero también del budismo, del hinduismo, y de otras muchas religiones se escondían conocimientos científicos, y más concretamente de la física cuántica, que habían sido explicados con figuras muy metafóricas, tal cual el lenguaje de la antigüedad que la sociedad occidental del siglo XXI era incapaz, casi, de comprender. El problema, quizá, hubiera sido la manera de transmitir esos mensajes, esos conocimientos, que él intuía que eran algo más que religiosos, que seguramente se sostenían en observaciones científicas, quizá no tan demostradas como en la actualidad, pero ya intuidas…. Además, la belleza de esos mensajes había cautivado a tanta gente, que enseguida los poderosos habían puesto su interés en controlar las religiones a través de instituciones dirigidas por líderes que ellos mismos nombraban, pervirtiendo, definitivamente, el mensaje original.

Mientras desarrollaba sus pensamientos, sintió una voz femenina:

Adam…. Pero recuerda que el Pentecostés para los judíos era la celebración de la recepción de la Ley de Moisés, 50 días después de la Pascua, de la huída de Egipto, allí, en el Monte de Sinaí. Aquella Ley sirvió para acabar con el excesivo materialismo, simbolizado en la adoración del becerro de oro.

Al oír aquellas palabras se quedó petrificado. Alguien le había descubierto. No se atrevía a girar la cabeza para comprobar quién era, y con qué objetivo se había dirigido a él. Pensaba que justamente él tenía planificado pasar bajo el Monte Sinaí en su huída a Egipto, en el sentido inverso al que huyeron sus antepasados, en dirección al Nilo, y que esa persona, esa mujer, parecía tener una pista. Además, de algún modo, él se estaba rebelando contra el materialismo y buscaba una respuesta, quizá una Ley… cuántica. Pero no podía permanecer ensimismado, indefinidamente paralizado. ¿Debía huir? ¿Echar a correr? ¿Permanecer quieto como si él no se llamara Adam?. Decidió girarse lentamente, con la mirada perdida en el infinito hasta que dió con una silueta envuelta en un traje de fraile franciscano, pero sin poder identificar la cara.

¿Quién eres? Sancha, me encargo de cuidar este cenáculo. Me llamo como Sancha de Mallorca, esposa de Roberto I de Nápoles. Aquel matrimonio compró al sultán egipcio Melek en-Naser Muhammed este cenáculo y se lo donó a los franciscanos para que lo cuidaran, creando la Custodia de Terra Santa. Se mantiene gracias a las donaciones de peregrinos y colaboradores, hoy en día recogidas mediante transferencias bancarias, pero siglos ha, mediante colectas. En muchas ciudades existían posadas para alojar a estos colaboradores. Sí, recuerdo que en Mallorca había una calle con dicho nombre, e incluso algún alojamiento o casa. Pero, ¿cómo sabes quién soy? Te están siguiendo, y me han llegado informes. Sube - le dijo indicando las escaleras que conducían a la primera planta, donde se encontraba el cenáculo -

Adam no sabía qué hacer, pero se dejó llevar, no sin algo de temor. Sin embargo, esa persona le podría haber denunciado, quizá vendido por unas monedas, como hiciera milenios atrás Judas con Jesús…. y aparentemente no lo había hecho. ¿O si ascendía aquellas escaleras se iba a encontrar con una emboscada? Pero Sancha subía con determinación, sin mirar atrás, convencida de que Adam le seguiría. Tampoco parecía esforzarse en lograr que subiera, y esa actitud le inspiró confianza, por lo que decidió seguirla.

Mientras subía observó unas aristas en la cúpula del cielo raso, típicas del gótico chipriota.

Al llegar al piso superior, completamente a oscuras, perdió de vista a Sancha. Sin embargo, comenzó a sentir numerosas vibraciones en su cerebro y a escuchar voces… por un lado, voces que le transmitían amor a la humanidad, también a quienes actuaban con supuesta maldad… y una frase que se repetía numerosas veces: “tomad, este es mi cuerpo”.... parecía que iba a deshacerse de su físico. No logró mantenerse en pie; cayó, se intentó levantar con las manos, estaba de rodillas, alzó la mirada y observó un lavatorio de pies.

De repente, volvió a sentir a la voz femenina:

Aquí vivían Pedro, Juan, Bartolomé, Felipe, Tomás y otros seguidores de Jesús… Tomás, el incrédulo, que no creía que pudiera existir Jesús sin cuerpo.

Interesante…. Precisamente vengo de muy cerca de Sión, pero en Suiza, y tengo una amiga con antepasados ahí que es la causante de este viaje... ¿pero por qué me cuentas todo esto? ¿qué hago aquí? ¿por qué escucho estas voces? ¿quién eres realmente?

Adam, tranquilo. Mira, al salir del Cenáculo por el edificio anexo, bajando esas escaleras interiores, llegarás a una terraza a cielo abierto. Atravésala, lentamente. Sin prisas. Tiene 14 metros y 40 centímetros de largo, 14,40 metros. Está vacía de adornos y mobiliario. Hay varias pilastras en las paredes y dos columnas en el centro, que sostienen un techo abovedado. En las claves quedan restos de relieves con figuras de animales; en particular, se reconoce un cordero. En la pared de la izquierda verás una escalera y una puerta que suben a la pequeña sala donde se recuerda la venida del Espíritu Santo. Dirígete ahí… sin ninguna prisa, y recuerda que el ser humano se libera espiritualmente de la esclavitud material, de la prisión que es nuestro cuerpo. El ser humano necesita volar. En aquella sala encontrarás unos ácimos, panes sin levadura como los que el pueblo judío debió tomar durante su huida precipitada del país del Nilo. Tómalos, y dirígete al Sinaí para alcanzar Egipto. Es luna llena, y te podrás guiar por el desierto. Corre, estás en peligro. Te están acechando. Pero, recuerda, atraviesa esa sencilla terraza lentamente. Que la ansiedad no te traicione. De lo contrario, no llegarás a tu destino.

Adam hizo caso, no sin antes leer una inscripción en el suelo de roca que todavía tocaba con las palmas de las manos.

“Cuando el Señor en la Última Cena instituyó la Sagrada Eucaristía, era de noche (...). Se hacía noche en el mundo, porque los viejos ritos, los antiguos signos de la misericordia infinita de Dios con la humanidad iban a realizarse plenamente, abriendo el camino a un verdadero amanecer: la nueva Pascua”.

Finalmente, cogió el collar de esmeraldas que siempre le acompañaba y que se había vuelto a iluminar, se levantó y salió del templo. Subió a la motocicleta y se dirigió al Sinaí bajo una luna llena gigante. Se sentía alimentado, pero no de pan, sino de energía. Cada vez era más capaz de interconectar ideas y mensajes que se habían dado en diferentes culturas. Aquella noche había estado en Jerusalén, en el cenáculo cristiano, pero por la mañana había sido testigo de las diferentes religiones que convivían en la ciudad vieja. Es más, presentía que si hubiera pasado por Nepal, el Tibet, por la India, por el Lejano Oriente, por los templos aztecas, mayas… por las frondosas selvas adoradas por los animistas… por donde hubiera pasado… habría recibido un mensaje similar al de esa noche, un mensaje de liberación, un mensaje de resurrección espiritual frente a la caducidad de la materia, un mensaje de que, sin duda, existe el mundo físico… pero de que hasta entonces también se había intuido en todo el Planeta, por todas las civilizaciones, otro mundo. Algo en nuestro interior nos decía a los humanos que el Universo era algo más.

Al cabo de dos semanas largas, 16 días, arribó a su próximo destino. Había atravesado la frontera entre Israel y Egipto con relativa facilidad, pues los controles eran menores cuando se salía del Estado hebreo. Acampó en la montaña denominada Sinaí, con abundante pasto y agua. Podría haber ido directamente hasta El Cairo, por la costa mediterránea, pero si era cierto que le seguían, quería despistar a sus perseguidores, desviándose de los itinerarios más lógicos. Además, su propósito era descansar cerca del pasto y cazar algunos animales para alimentarse. Esas dos semanas habían sido agotadoras. Recordaba cómo de pequeño le enseñaron aquellas palabras del viaje de Elías: "Y él se levantó, y comió y bebió, y caminó con la fuerza de esa comida cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios", donde se encontraba, el mismo Sinaí.

Ya con un fuego encendido, antes de dormir, observando las casi infinitas estrellas en el firmamento, se sintió solo, perdido, sin rumbo…. no sabía realmente qué estaba haciendo con su vida, si había enloquecido, si se encontraba en un estado ansioso de depresión, si era un sueño…. Sin embargo, la fe de su padre, de sus abuelos, excepcionalmente le acompañó, y releyó en su mente aquellas palabras del Éxodo que indicaban “los hijos de Israel llegaron al desierto de Sinaí al cumplirse tres meses de haber salido de la tierra de Egipto. Acamparon allí, delante del monte. El Señor llamó a Moisés desde el monte, y Moisés subió para hablar con Dios”.... y se durmió…. durmió plácidamente, no hablando con Dios… soñando que Emerald le acompañaba, le protegía y le guiaba. Sintió como una manta espiritual le cubría. En plena libertad, se sentía más seguro que entre los muros del Imperio, que entre las paredes del CERN. Conforme avanzaba la noche, Adam empezaba a sentirse un poco frío, sensación que le despertaba junto a algunas cabras negras, que deambulaban cerca de la tienda. Hacía frío, mucho. Esto es lo que más padecía, además del evidente cansancio físico y falta de oxígeno debido al veloz ascenso. El desierto, de por sí, presentaba un clima extremo: fatigante y abrasador de día, y gélido por la noche. Además, tenía que soportar la altitud, y el cascabelear de la mandíbula era inevitable. Solo el fuego y el collar de esmeraldas le ayudaban a vencer la, aunque bella, hostil oscuridad.

A media noche sintió que se le acercaba un beduino y que le ofrecía café caliente, sin embargo, al despertarse no vio a nadie, aunque sí la taza de café. Tras largas horas, un ligero resplandor se asomaba, vacilante, detrás del sistema montañoso que rodea al Sinaí. Así fue como se dio cuenta de que ya casi amanecía y que, venciendo el cansancio, debía apurar el paso. Provisto del café y una manta observó aquel mágico momento, irrepetible, memorable, por el que ahora valía aquella pausa, pues le permitió reconectarse con la espiritualidad y con Emerald por algunos momentos.

Adam, aún cuando el camino es escabroso, cuando siempre haya miedo de caer y deseos de volver atrás, no hay que dejarse vencer. En tres días y tres noches, viajando con una mochila y saco de dormir a cuestas, llegó a El Cairo.

Capítulo XEditar

Apenas alcanzar la capital egipcia decidió dar un paseo por uno de sus estanques junto al Nilo, desde el cual se divisaba a lo lejos las Pirámides. Adam, todavía inquieto por la experiencia que había vivido en Palmira, a punto de morir, y por la explosión del hotel turco donde se iba a alojar antes de entrar en Siria, comprendió que el mundo estaba viviendo una tercera guerra mundial, no declarada, pero tenía la esperanza de que conduciría al Planeta hacia una catarsis, que la convulsión global sería un paso previo hacia un nuevo mundo.

La ruta normal era remontar el Nilo cuanto antes. Quizá visitar las Pirámides, pero estarían muy vigiladas y podría ser fácilmente identificado. Pero todo aquel periplo vivido hasta entonces le planteó otra opción. Aprovechando que el combustible era barato iría hacia Siwa, donde estaba el templo del oráculo Zeus Amón. El oráculo confirmó a Alejandro Magno que era un ser divino y faraón legítimo de Egipto, pero lo que realmente le interesaba era que una misión arqueológica del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto descubrió, en agosto de 2007, huellas humanas fosilizadas que se datan en más de un millón de años de antigüedad, las más antiguas descubiertas hasta la fecha, y que confirmarían que el ser humano siguió el Nilo y sus alrededores, que no siempre fue desierto, hasta llegar al Mediterráneo. Adam hacía el camino a la inversa. ¿Iba o volvía? Siempre la dualidad. Buscaba volver a empezar. Por otra parte, necesitaba algo de dinero y pensaba enseñar algo de inglés. En las zonas rurales no se hablaba bien el idioma británico, pese a la oficialidad.

Al llegar a Siwa fue muy bien recibido, a pesar de ser un desconocido. Le sorprendió su gran oasis, sus bellos palmerales. Visitó el templo, donde no había oráculo, pero consiguió conectar con Emerald. En este caso, el ser divino era ella, su musa, y descendiente de la gran emperadora Cleopatra. De alguna manera su cuerpo, aunque de hombre, representaba la voluntad de Emerald de visitar al oráculo que la proclamaba como legítima heredera de la emperatriz y diosa de la humanidad. También le sorprendió que la población local era tuareg, y no árabe, y que habían mantenido la costumbre de tolerar matrimonios homosexuales, pese a estar islamizados.

En el oasis se le acercó un lugareño que se le presentó como Ibrahim. Llegó a un trato con aquel hombre que ofrecía sus servicios para acompañarle en su estancia, como era común hacer con cualquier turista. Sería su agente y su guía local. Iba a estar un mes enseñando inglés, y cuando finalizara ese mes, con el dinero ganado y los cerca de 1000 dólares que le quedaban, contrataría a Ibrahim para llegar a las fuentes del Nilo.

Aquel mes pasó relativamente rápido, sin tener noción del tiempo. Apenas los viernes eran diferentes, debido a su carácter festivo entre los musulmanes. Las noches eran alegres. Los tuaregs se reunían, cantaban, comían, bailaban, y reían. Mientras, Adam contemplaba el paraíso estelar buscando entre otros planetas dónde estaría Emerald. Apenas veía Venus. Quizá era ella, su Venus, su Diosa. Allí, esperándole. A veces Adam se preguntaba si estaba verdaderamente loco. Si todo era un sueño. Si Emerald no existía y él había huido de Suiza enfermo como un Don Quijote buscando a una Dulcinea, y loco tras adquirir tantos conocimientos, no de caballería, sino de átomos… de física cuántica. Y estaba ahí, con Ibrahim, su Sancho Panza, que pensaba en quedarse con el dinero sobrante del viaje hasta las fuentes del Nilo que habían ya planeado. Con 1000 dólares podría comprar medicamentos. Los tuaregs no necesitaban nada más. En cualquier caso, si estaba realmente loco, tenía que seguir viviendo esa aventura. No había vuelta atrás. Pasó el mes. Llegó el día. Ibrahim lo preparó todo. Tenían que salir a la noche, pero Ibrahim llegó apurado a la choza de Adam.

Señor, corra. Nos vamos. Me llegan noticias de Al Wahat. El ejército egipcio está peinando la frontera y ha disparado contra un autobús. Se ve que ha sido un error, pues los fallecidos son turistas mexicanos y estadounidenses. Se comenta que buscaban a un centroeuropeo de rasgos semitas que está enrolándose en Estado Islámico. Uno de sus alumnos de inglés ha informado de que Usted se ajusta a la descripción. Ya está muerto. No podrá hablar más. Nos tenemos que marchar.

¡Qué horror! No perdamos el tiempo. Vamos, hacia Aswan. ¿Está preparada la moto? Sí, señor.

Desde aquel 15 de septiembre de 2015 hasta que llegaron al Nilo transcurrió un mes. Obviamente, podrían haber completado el trayecto con más rapidez, pero Ibrahim guió a Adam cruzando el desierto lejos de las carreteras. Habían atravesado los municipios de Abu Minqar, El QasR, Kharga, y Baris, hasta llegar al Nilo, en Esna y Edfu, pero nunca sin entrar en los pueblos y ciudades. Ibrahim y Adam avanzaban algunos kilómetros diarios, se refugiaban entre las rocas y los palmerales y buscaban algo que comer. Durante las tórridas y agotadoras jornadas Adam había presenciado a lo lejos drones volando. Temía que le hubieran encontrado y ser fulminado en cualquier momento. Subir directamente a Aswan no era buena idea. Decidió ir a Marsa Alam. Tenía pensado un plan para despistar a las fuerzas de “seguridad”, que si velaban por alguna seguridad, no era ya la de él. El plan era aprovechar su pasaporte georgiano para supuestamente tomar el primer vuelo a Moscú y enlazar a Georgia. Pero su idea era despistar a quienes le perseguían y no hacer nunca ese trayecto.

Llegaron a finales de octubre. Marsa Alam era una ciudad balneario en el Mar Rojo, ese mismo que atravesaron Moisés y el pueblo de Israel en búsqueda de la liberación. Ibrahim y Adam recorrieron sus bellas y extensas playas de aguas tranquilas y cristalinas. Se acercaron a la zona donde se concentraban los más modernos resorts, Madinat Coraya. La mayoría de hoteles estaban cerrados. Se aproximaba el invierno y la caída del turismo había dejado un panorama desolador. Sin embargo, aún quedaban algunos paseantes árabes, occidentales y asiáticos. Adam vió una agencia de viajes, y con el paso algo acelerado, nervioso, accedió cruzando la puerta de cristal y dejando atrás el escaparate de excursiones por el desierto y las aguas del mar Rojo, entre las que destacaban las de inmersiones entre los arrecifes de coral de la zona.

Salam Alikum Alikum Salam ¿En qué le puedo ayudar, señor? Deseo regresar a Georgia, mi país. Supongo que a pesar de tener un aeropuerto internacional no tendrán vuelos a Tiflis. No, desde luego. Quizá a Moscú o San Petersburgo. Déjeme consultar. Gracias.

Al cabo de un largo minuto, en el que el agente no dejaba de observar a Adam con un ojo mientras que con el otro miraba la pantalla del ordenador en búsqueda de la información requerida, prosiguió el diálogo.

Si quiere salir hoy tengo un vuelo a San Petersburgo, desde donde podrá ir a Moscú. Despega de Marsa Alam esta noche, a las 21:50, con Egypt Air, y hace escala en Sharm el Sheikh, donde tendrá que pasar la noche en el aeropuerto, pues el vuelo a Rusia sale a las 5:50 a.m. La compañía es Metrojet. Al llegar a San Petersburgo podrá tomar un vuelo a Moscú al mediodía y llegar a Tiflis por la noche. Son 390 dólares. ¿Le va bien?

Todo sea por volver a casa.

Ibrahim miró a Adam y le invitó a salir de la agencia un momento.

Señor, no era lo acordado. Además, ese dinero tenía que sobrar para mí y mi familia. Ibrahim, si no lo hago, no llegaré a mi destino. De todas formas, tranquilo, yo no embarcaré. Necesitamos a alguien que nos compre el pasaporte falso, barato, por unos 100 euros, con el pasaje incluído para emigrar a Rusia. Por ese precio, será fácil. ¿Te encargas de ello y de falsificar el pasaporte con su foto? Recuerda que necesitará contactos en la policía y en el ejército egipcio para que no le pongan problemas al salir. Sí, ningún problema.

Ibrahim estuvo toda la tarde buscando un comprador. Finalmente lo encontró, lo acompañó al aeropuerto y salió de Marsa Alam. En las afueras, en un palmeral, le esperaba Adam para proseguir el viaje. Si Adam se había gastado 390 euros, había conseguido recuperar 100. No sabía las razones por las que Adam lo había hecho, pero sí que conocía que el ejército buscaba a un extranjero con sus rasgos. Esa noche Adam agradeció a Ibrahim todo lo que estaba haciendo por él. Le pidió ir hacia las minas de El Gadi Wimal, muy próximas a Marsa Alam, hacia el sur. De esa forma proseguirían el viaje en paralelo al Nilo, pero por la costa del mar Rojo. Adam recordaba que Emerald le había hablado de aquellas minas, próximas al puerto de Berenice, pues eran de donde extraían gran parte de las esmeraldas los antiguos egipcios.

Al amanecer el sol les brindó un paisaje repleto de palmerales, bahías de manglares y playas de aguas prístinas y arenas blancas. En el desierto fluía el cauce del Wadí. En Berenice aún se conservaban las ruinas del templo de Semiramis, construído por los emperadores romanos Trajano y Tiberio. Un poco más al interior del parque natural estaban las minas, exactamente en Wadi Sakait, que también estaban representadas en los muros del templo. Berenice era una noble griega que contrajo matrimonio con Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno y fundador de la dinastía ptolemaica, que helenizó el imperio norteafricano. Adam venía, precisamente, de Siwa, donde Alejandro Magno había sido reconocido legítimo emperador de Egipto por el oráculo. De alguna manera, Adam sabía que todo lo que sucedía no era casual. Antes de visitar las minas, Ibrahim se dirigió a él.

Señor, la gente de Berenice dice que ha estallado un avión sobrevolando el Sinaí en dirección a San Petersburgo. ¿No es dónde Usted iba? Sí, Ibrahim. Desde hoy, estoy muerto. Que en paz descansen los demás pasajeros. Y que tengamos paz durante el resto del viaje y nadie me busque. Justamente esta noche en Europa celebramos el encuentro con los difuntos. Quiero dormir en las minas. Es un buen sitio. Estaremos resguardados.

Unas minas cercanas a Berenice, nombre también de un relato de Edgar Allan Poe, no era el lugar que él habría pensado en pasar una noche de los difuntos hace tan solo unos meses. Pero el río de la vida le había llevado hasta ahí. Allan Poe había publicado un relato cuya protagonista, Berenice, era amada por Egaeus, mientras ella se desintegraba, como lo hizo Emerald.

Mientras llegaba a la mina recordaba aquella frase de Allan Poe, al principio del relato: “¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor?”. Se preguntaba, “¿cómo este bello Planeta ha derivado en un sangriento campo de batalla que derrama odio?”. Sin embargo, al contrario que Egaeus, él no había matado a Berenice, él amaba a esa Berenice que Allan Poe descibía “vagando despreocupada por la vida” y “ágil, elegante y llena de una desbordante energía”... una energía que cada vez más sentía, según se aproximaba a las minas de esmeralda, de la que Emerald decía conservar una piedra preciosa familiar, confirmando su descendencia de Cleopatra. De la que seguramente procedían las esmeraldas de aquel collar que no dejaba ni un solo instante.

A la mañana siguiente, se dirigieron ya más hacia el interior, hacia Aswan, que se encontraba a algo más de 100 kilómetros de las minas. Desde allí podría emprender el trayecto final de su viaje hacia las fuentes del Nilo.

Había dejado atrás la gran presa de Aswan. Estaba bordeando el embalse. Era inmenso, de unas dimensiones enormes. Él no lo conocía. El lago Nasser le decepcionó. Pensaba que esa gran obra, una de las grandes obras de ingeniería del Planeta le iba a causar una viva sensación de alegría. Pensaba que le iba a producir una inmensa satisfacción ver dominadas las fuerzas de la naturaleza y enriquecer la zona… pero no era así. No era así. Adam acababa de comprender con una claridad nítida y meridiana que transformar la naturaleza no era el camino. Había que rehabilitar el Planeta y entre otras cosas significaba demoler esas obras faraónicas. Cualquiera las defendería afirmando que regulaba el curso del río, generaba posibilidades de nuevos regadíos, producía electricidad, pero, al final, los egipcios eran cada vez más pobres, por lo que aquello que alteraba la naturaleza no mejoraba la vida de la gente. Se daba cuenta de que percibía cosas que antes no podía entender. Tenía una sensibilidad especial de la que antes carecía. Aquello era un disparate. La naturaleza había que respetarla. Había que rehabilitar el Planeta completamente. Había que quitarle totalmente esas terribles cicatrices que tenía la superficie terrestre. Limpiarlo, descontaminarlo, volver a la naturaleza plena. La solución para que pudieran vivir más seres en el Planeta no era transformar la naturaleza, sino formar parte de ella, que es lo que al ser humano le corresponde. La naturaleza estaba destrozada. El cambio climático se aceleraba. El ser vivo que es el Planeta se lamentaba, se quejaba y reaccionaba contra sus habitantes, en este caso contra el ser humano. Pero esa rehabilitación vendría después.

Durante ese atardecer, se fijó como nunca lo había hecho durante esos tres meses en Ibrahim, que se acercó a un camello que estaba bebiendo junto al lago. Iban bordeando la orilla hasta la cola del embalse, río arriba, donde podrían contratar un globo para volar hasta las fuentes del Nilo. Ibrahim le estaba haciendo pensar. Veía con qué naturalidad se subía al camello y avanzaba hacia unas palmeras. Aquello no era convivir con la naturaleza, sino vivir en la naturaleza. La solución no era transformarlo todo y derrochar la energía y recursos, ¡no!, sino que la solución era vivir en armonía con el Planeta, como el tuareg Ibrahim, que era feliz con muchas menos posesiones que él o sus compatriotas y compañeros del CERN. Siguieron caminando hasta la completa puesta del sol, pero aún a unas altas temperaturas, y se percataba cómo Ibrahim estaba mucho más adaptado al clima, mientras él sufría latigazos de calor.

Al llegar la noche, se refugiaron entre unas palmeras. Ibrahim prendió un fuego. Se sentaron. Adam pensó con su providencial clarividencia, inspirado por Emerald, naturalmente, en los rasgos de Ibrahim, que escondían algo más: Tenía una mirada profunda y unos ojos verdes, que le recordaba los de Emerald. Era alto, de porte poderoso, sandalias sencillas y unos pies desparramados sobre ellas que le recordaba los cascos de camellos. El cuerpo de Ibrahim, envuelto en túnicas azules, estaba adaptado para vivir ahí, al acelerado cambio de temperatura entre el día y la noche. A las picaduras de mosquitos. Mientras observaba a Ibrahim, Adam notaba cómo él también se habituaba al frío y a la humedad del campamento improvisado junto al lago.

Los primeros minutos de aquella noche, la más húmeda e inhóspita desde que partieron de Sawa, fueron terribles para Adam, pero según pasaban las horas la hostilidad desaparecía y sentía el poder protector de la naturaleza para quien se integra en ella. Para lo que no estaba adaptado era para vivir en sitios transformados por el ser humano, donde proliferaban nuevas enfermedades. Apenas durante las primeras horas de la noche, antes de la cena, intercambiaron alguna palabra. Finalmente, Ibrahim se sentó a cocinar unas cebollas, unos pimientos, unas calabazas y carne de lagarto que había estado cosechando y cazando durante las primeras horas de la fosca.

Durante todo el día no habían intercambiado ninguna palabra, pues a los tuaregs les gusta meditar mientras marchan. Pero allí, junto al fuego, donde se escuchaba a los lejos unos cantos y niños jugando, Ibrahim y Adam rompían su silencio mientras aquellos vecinos del lugar se acercaban a ofrecerles servicios: alimentar al camello que Ibrahim acababa de reclutar, como hicieron unos niños, o masajear y lavar los pies, como hiciera una preciosa joven morena y de ojos negros, profundos como el desierto. Otros miembros de aquel poblado les agasajaban con alimentos como solamente los habitantes del desierto y entornos salvajes saben hacer. Cualquiera es bienvenido. Saben que hay que apoyarse unos a otros. Si no, es imposible sobrevivir. Una persona sola en el desierto, incluso entre palmerales, es un cadáver, pero todos unidos podían sobrevivir.

Adam empezó a pensar: “pero ¿por qué en el mundo civilizado no podemos ayudarnos los unos a los otros y teniendo todos los medios nos encontramos solos, perdidos, auténticos náufragos en medio del desierto o del océano, rodeados de miles de personas? Nadie mira nadie. Recordaba que cuando entraba en la torre de su apartamento y coincidía con alguien en el ascensor se producía una situación violenta, y tanto él como el acompañante tenían que mirar al techo o al suelo, se sentían mal, y no podían comunicarse con el vecino, y en el fondo su alma sabía que eso no estaba bien y se encontraba en una situación violenta. Sin embargo, era llegar a un oasis, a un palmeral, que era como un pequeño ascensor, y sus cinco habitantes derrochaban naturalidad, alegría, inmensa felicidad a pesar de tener pocos recursos, que compartían, y apenas necesitaban unos pocos dólares para que cuando pasara alguna caravana poder comprar medicamentos sencillos, algún caldero de cobre o sartén para cocinar verduras o un cabrito, alguna tela, algún pigmento para pintar, decorar, entretenerse…. nada más… apenas cada ciertos años cambiar de telas a la tienda que usaban para refugiarse cuando dormían fuera del oasis, donde tenían sus casas levantadas con adobe natural. Era una vida en armonía con la naturaleza. El mundo que había dejado atrás avanzaba, si se podía decir así, hacia un conflicto total fruto del egoísmo y la violencia, pero él estaba hallando un nuevo sentido a la vida, nuevo para él, eterno para quienes nunca lo habían abandonado. Algo presagiaba que iba a devenir en un nuevo ser.

A medida que avanzaba la noche, la temperatura bajaba y la oscuridad solo rota con la luz de las estrellas envolvía aquel momento. Adam sintió el cansancio pero también el alivio de estar en paz con la naturaleza. Deseaba ir a la haima a dormir, pero sin saber muy bien por qué, después de cenar y tomar unos tés, se levantaron, y caminaron adentrándose en el desierto. No hacía falta ir muy lejos para rodearse de arena, perder la referencia del oasis, y quedar en una superficie casi plana, con unas mínimas ondulaciones de las dunas que se atisbaban desde el lugar donde estaban, y bajo un cielo inmenso, bajo una infinitud de estrellas. A pesar de la aparente arena inhóspita, se notaba vida. Allí latía la vida...latía la vida en el Universo, que no era más que parte de la galaxia Vía Láctea en la que estamos inmersos. Jamás había podido imaginar semejante espectáculo luminoso. Era inmensamente feliz cada vez que levantaba la vista y presenciaba tantos millones de estrellas. Pensaba, equivocadamente, que el Hubble podría ver ese conjunto de estrellas, pero lo que sí era cierto es que el punto de vista del gran telescopio y el suyo eran muy diferentes. El Hubble miraba hacia el Universo desde un ángulo pequeño, sobre todo socialmente pequeño, desde una sociedad que no conectaba al completo con la naturaleza, y allí, en el desierto, el firmamento que contemplaba estaba atiborrada de estrellas. ¡Qué sensación!. Había estado otras veces en el desierto, pero no poseía esa misma sensibilidad que había ganado gracias a Emerald. Ahora entendía el mundo, lejos de la supuesta civilización. Se preguntaba qué había estado haciendo en el CERN, con aquellas tensiones, aquellos problemas… en aquella sociedad. Aquello no había sido vivir.

Adam se sentó con Ibrahim, cara a cara. Ibrahim cogió un timbal que llevaba a cuestas y empezó a tocar. Aquel momento terminó de hacerse mágico. Ibrahim lo hacía de una forma absolutamente natural y para Adam tocaba como los ángeles pues aquello parecía el paraíso. Ibrahim se cubría con su capa de tuareg, mientras el ritmo musical los envolvía, conectándoles mutuamente en armonía con la Naturaleza. Y le miraba, y parecía un viajero del espacio, pues comprendió que formábamos parte del Universo, inmensamente acompañado, y que en Occidente nos aislamos y nos encerramos en nuestras pequeñeces. Incluso en el CERN, centro de máxima cualificación científica, se encontraba solo, deprimido y angustiado. Sin embargo, ahí, en un lugar inhóspito, la naturaleza le acogía con una dulzura y un calor, que nunca podría haber imaginado en el teóricamente mejor lugar del Planeta, en uno de los más cualificados puestos de trabajo del mundo, en uno de los países más avanzados. Inició un caótico monólogo con sus pensamientos.

¿Cómo es posible? ¿Qué estamos haciendo? Tenemos que romper con todo.

Él ya había comenzado a romper con su anterior vida, pero tenía que llegar hasta el final. Sintió una fuerza interior tremenda que le hizo estar a punto de decirle a Ibrahim que se levantara para seguir el camino por la noche. Ibrahim podía guiarse perfectamente, pero él se interrumpió a sí mismo en sus pensamientos, mientras observaba de nuevo el collar parpadeante:

“No corras, estate tranquilo, por algo estás aquí”.

Ibrahim terminó su primera serie de timbales y le preguntó a Adam.

¿Le molesto, señor?

Por favor, pocas veces en mi vida he sentido esta paz y esta tranquilidad. Puedes seguir tocando los timbales toda la noche. No necesito dormir, este relax me permite recuperar mi espíritu, mi mente, mi cuerpo para proseguir el viaje… pero al mismo tiempo me gustaría hablar contigo.

Pregunte lo que quiera, aunque no tengo casi nada que contar. Ya conoce todo de mí. Esta es mi vida, esta es mi gente. Pero pregunte lo que quiera. ¿Quiere que le cuente cómo guiarse bajo las estrellas? ¿Quiere que le hable de los camellos, de las abejas del desierto? No sé nada más.

Adam no salía de su asombro. Él era el que no sabía nada. Conocía física cuántica, muchas teorías, pero realmente, en la práctica, le faltaba mucho por conocer sobre ese Planeta, que era un mundo entre millones, entre billones...quizá un mundo entre trillones de mundos. De ese mundo conocía muchas cosas, pero no sabía nada.

Ibrahim, ¿esta es tu vida? ¿Siempre es igual?

Sí, siempre es igual, señor, pero tampoco quiero que sea de otra manera. No obstante, desde hace unos 10 años sí que está habiendo algunos cambios.

¿Qué cambios?

Antes de la revolución que derrocó a Mubarak, venían cada vez más grupos de turistas como Usted, si bien desde entonces ya no vienen tantos… pero en los últimos seis meses, a pesar de la situación política y del terror infundado en Occidente, han venido nuevos grupos... y todos quieren ir al nacimiento del Nilo, y no entiendo por qué.

¿Qué me estás diciendo?, dijo Adam, irguiéndose de un salto y sorprendido.

En ese momento, Ibrahim sintió que estaba conectando con su interlocutor y espontáneamente comenzó a tutearle, como si lo conociera de toda la vida.

Sí, tú eres el último. He ido tres veces. Esta es la cuarta. Habré llevado unas doce docenas de personas. Esperaba que me dijeras por qué en este año, 2015, los turistas, de todo el mundo, se interesan por este destino desde Sawa, donde estaba el templo de Delfos… tan lejano. ¿No era más sencillo ir directamente hasta ahí? ¿Por qué tienen que pasar por mis manos?

Adam pensó que era parte de la persecución. Después de aquel ataque del ejército egipcio a ese autobús de turistas en el que se pensaban que iba un centroeuropeo, después de ese avión con destino a San Petersburgo que estalló sobre el sagrado monte Sinaí, como unas tablas con unos mandamientos no obedecidos…¿Era Ibrahim un espía?....pero se tranquilizó, lo descartó por completo. Sabía que no le haría ningún daño. Se calmó y pensó que no tenía la menor importancia. Pero según las palabras de Ibrahim en un momento en que el turismo había prácticamente desaparecido de Egipto, eso era muy extraño. Pensó en Emerald y ella empezó a comunicar con él. Le hizo comprender que no estaba solo. Que había más gente que iba a las fuentes del Nilo, en las proximidades del lago Victoria.

Ibrahim, ¿dónde les has llevado?

Ibrahim abrió sus inmensos ojos verdes retirando parte de sus ropajes azules que le tapaba la cara y respondió:

¿No sabes dónde y a qué va? Pensé que sí lo sabías. Que eras quizá el último. No, ni idea.

Y Emerald se comunicó con Adam y le dijo:

Adam, cálmate. Sigue el camino y cuando llegues allí todo aparecerá.

Y la mirada de Adam se tranquilizó, a la vez que también se calmó la de Ibrahim, con sus ojos verdes destellando como esmeraldas.

Adam, te llevaré. Me pagarás y yo emplearé el dinero en medicamentos para el pueblo del Sáhara, refugiado desde el Atlántico hasta la frontera con Egipto. ¿Pero no es para tu familia? Mi familia es mi pueblo

Adam pensó:

Refugiados en Siria, en Irak, kurdos, saharauis, en América…¿pero esto qué es? Señor del Universo, Dios de dioses. Quien haya puesto en marcha este Universo. ¿Qué está pasando, qué locura es esta?.

Cogió los casi 1000 dólares que le quedaban y se los entregó a Ibrahim. Ibrahim los tiró al suelo.

Cógelo, lo necesitáis. Yo en las fuentes del Nilo no necesito más dinero, le indicó Adam.

Adam se recostó sobre un lado de su cuerpo, soltando las piernas para relajar sus músculos y se dirigió de nuevo a Ibrahim.

¿Dónde vamos? Díme cómo es.

Al lugar más hermoso del Planeta, donde quienes han estado y se asoman a la surgencia verde, sienten sensaciones muy especiales, le replicó su guía.

¿Qué es eso de la surgencia verde?, insistió Adam.

Las fuentes emergen junto al lago Victoria, donde hay una fosa inmensa, verde como la esmeralda, que se oscurece en su profundidad infinita. Parece que venga de las entrañas de la tierra. Son aguas termales, ideales para el baño. Los peregrinos, así los llamo, se lanzan a la surgencia. Se bañan y flotan solos porque la fuerza del manantial les empuja hacia arriba. No hay peligro Nilo abajo. La temperatura es perfecta, son 36 grados, es la del cuerpo humano. Cuando todo el mundo se lanza desnudo y el agua les acaricia como el líquido de una madre, se sienten como en el interior de la placenta. Pero el agua les expulsa, y ellos quieren volver….y vuelven a ser rechazados...hasta que finalmente van río abajo y son inmensamente felices y se comunican con sus seres queridos. Si no cuento mal, son contigo doce docenas. 144 personas.

¿144 personas?

Sí, tenía dudas, pero ahora estoy seguro. Doce veces doce. Un número sagrado. Las doce tribus de Israel. La multitud. El máximo de hijos que podría tener una madre de manera saludable. Creo, Adam, porque algo o alguien me lo dice en este momento, que te están esperando.

Adam estuvo tentado de hablarle de Emerald, pero siguió escuchando a Ibrahim.

Adam, Emerald es un sitio especial.

Adam se sorprendió y se puso en pie, de un salto, atónito, fuera de sí.

¿Quién es Emerald, Ibrahim?, preguntó intrigado y curioso por saber si Ibrahim conocía algo más. Así llaman al manantial. La fuente Emerald, Esmeralda en inglés. Esas personas la llaman así. ¿Tú sabes algo más?. No te lo pregunto. Pero sabes algo más. Si me quieres decir algo, bienvenido sea. Si no, cuando lleguemos, dentro de ocho noches, al amanecer lo comprobaré con mis ojos. No, Ibrahim, no sé nada, soy un transmisor. Sólo intuyo que tu eres una persona muy importante. Que estás llevando a toda esa gente allí.

Tras esa afirmación, continuaron charlando, divagando en ocasiones, hasta que Adam se dio cuenta de que empezaba a amanecer, y de que había estado hablando toda la noche conversando con Ibrahim a propósito de las estrellas, sobre el desierto, sobre la vida bajo la inhóspita arena, sobre los refugiados. ¡Qué relax! ¡Qué tranquilidad le producía aquel hombre! ¡Qué maravilla estaba a punto de suceder!

Ibrahim, vamos, no hay tiempo que perder. Hoy es 11 de noviembre. En estos días nos encontramos en plena mitad del otoño, en Europa, de donde yo vengo. Vivimos meses de depresión en los que los días se van oscureciendo, cada vez más, como si el sol dejara de existir. Pero, Ibrahim, es precisamente en este momento, el 11 de noviembre, en el que en la vieja Europa, en una isla perdida en el Mediterráneo, en un templo cristiano levantado sobre una mezquita y cuyo mayor símbolo es una estrella de David, ahí, en estos precisos momentos se unen dos inmensos círculos, uno terrenal, arquitectónico, artesanal, y el otro lumínico, celestial, solar, para conformar un 8, el número de la resurrección.

Ibrahim atendía a Adam atónito.

A partir de hoy faltan 40 días y 40 noches para el solsticio de invierno, en el que en ese mundo podrido, deprimente, triste, ahí en pleno hemisferio norte, el Sol vuelve a conquistar tiempo a la oscuridad… el Sol vuelve a nacer, anunciando un nuevo año y una nueva vida. Ese día, cuando en aquel templo su principal rosetón se ilumina de un rojo intenso único en la naturaleza…. ese día marca la Natividad, y ese día tenemos que estar en las fuentes del Nilo, en la surgencia esmeralda.

Ibrahim contestó:

No será fácil, tenemos que cruzar Sudán del Norte, Sudán del Sur, y llegar a Uganda. Dejaremos las motos. Nos quedaríamos sin gasolina. Nos serviremos del camello. El 21 de diciembre de este 2015, estaremos ahí, no te preocupes.

Estupendo - prosiguió Adam - Al amanecer, resurgirán ciertas cosas y habrá un cambio y una revolución. Esa noche te contaré mi vida anterior en Suiza y te diré todo lo que sé, porque tú eres una persona importante en todo este cambio, y serás testigo de todo esto. Vamos, Ibrahim, Esmeralda, personificada en Emerald, nos espera.


Capítulo XIEditar

Después de 40 días y 40 noches caminando había llegado junto al lago Victoria. Ibrahim le condujo a la surgencia Esmeralda. Era un sitio muy especial. El agua parecía proceder de las entrañas de la tierra. Era verde esmeralda, verde esperanza. Quien ahí llegaba, se bañaba, y flotaban con extrema facilidad, siendo imposible sumergirse. Adam lo contemplaba. Ibrahim le había dejado solo. Sabía que tenía que entrar en esa fuente, que ese era el objetivo del viaje: experimentar aquello que Emerald había vivido años antes. Era consciente de que todo su conocimiento científico tomaría sentido ahí. Estaba atardeciendo. Se encontró con que algo le decía que, después de tanto viaje, debía relajarse y descansar para estar preparado para el día siguiente, en el que algo iba a ocurrir. Se tumbó sobre una manta extendida en el frondoso césped de las orillas del lago Victoria, se abrigó para protegerse de la humedad, y junto al fuego lanzó la mirada hacia el firmamento infinito, repleto de estrellas. Ese cielo africano era todo un espectáculo, como una premonición. Se calculaba que había entre 100.000 y 200.000 millones de estrellas en la Vía Láctea, una de las también entre 100.000 y 200.000 millones de galaxias. Tal vez la cifra exacta en ambos casos era 144.000 millones, 12.000 millones veces doce.

Cerró los ojos, con esa imagen grabada en la mente, e inspirándose en la intuición que tenía de la magnitud del Universo. Él solo estaba contemplando una mínima parte de ese Universo y se preguntaba si alguien podría contemplar el multiverso. Bajo ese cielo Adam comprendía que hay Algo que hace al Universo completamente excepcional, y ese Algo no tiene nada que ver con las religiones. Y la gran obra de ese Algo era haber logrado que un ser vivo tuviera consciencia, el gran milagro de la existencia, entendiendo por existencia el todo, mucho más allá de la materia viva, la consciencia de un ser vivo, y tal vez de los seres inertes son la ópera prima de ese Algo. Aquel paisaje celestial y terrenal se prestaba a reflexiones y te hacía mutar, observando las mezquindades de la especie humana: el dinero, los bienes materiales… Los grandes espectáculos mediáticos, los artículos de marca, la competitividad y agresividad en el seno de los mercados y de las empresas eran ridículos y absurdos, propios de una sociedad pobre de espíritu. Adam se durmió, profundamente, como nunca, con estos pensamientos, y cerrando la mano para sujetar fuertemente el collar de esmeraldas.

Con los primeros rayos de sol que alumbraron por el Este, Adam se despertó. Aquella noche ya había sido más corta que la anterior. El día volvía a ganar terreno a la noche. La luz había reconquistado unos segundos a la oscuridad. El Sol, invicto, volvía a nacer. Se encontraba en un estado de fortaleza física y mental excepcionales. Estaba dispuesto para el bautismo en las aguas de Esmeralda, pero no en un sentido religioso, sino metafórico, pues sabía que las religiones eran un engendro de la maldad humana, que en su origen habían tenido un sentido trascendental, equivocado o no, pero habían derivado hacia las miserias humanas. En cualquier caso, podía usar la palabra bautismo en su mente para comprender lo que iba a hacer: significaba la renovación, abrirse a una nueva vida, limpiarse del polvo del camino, de su vida personal, profesional, y empezar una nueva vida. Sabía que estaba viviendo la transformación personal. Sabía que la crisis que había pasado en el CERN y todos sus avatares en el camino encontraría ahí cumplida respuesta. No sabía muy bien por qué estaba haciendo todo aquello, sólo estaba convencido de que algo tenía que romperse, que tenía que haber una transformación total, que aquello no podía continuar igual y que había llegado el momento de poner orden a todo el caos que tenía en su interior y comprender todo lo que estaba pasando. No sabía si estaba conectado con Emerald o no, pero sabía lo que debía hacer, viniera de Emerald o de su interior: lanzarse a la emergencia. Se lanzó a la fosa, se sumergió, y rápidamente la surgencia le elevó de nuevo a la superficie, flotando sin esfuerzo.

En aquel momento vio como el Sol acababa de nacer y estaba ese disco solar africano con su rojo intenso iluminándole. Cerró los ojos, flotando, y entró en una especie de trance, entendiendo cosas que había ido intuyendo en las últimas semanas. Sintió una limpieza corporal que penetraba en su mente y que el mundo para él iba a cambiar. Disfrutaba de la temperatura idílica, de aquel amanecer, de la surgencia que evitaba que se sumergiera… Se relajó, dispuesto a recibir una revelación y se entregó a sus pensamientos, para “oir” a Emerald, si bien dudaba ya si era Emerald o su propia mente, pero le daba igual...algo grande iba a suceder. Y dio paso a la relajación, recibiendo unos conocimientos previos para entender el sentido de la vida, de la subespecie humana, para después comprender hacia dónde nos dirigíamos. Y lo entendió casi en un instante, aquello que podría haberle costado horas de conversaciones. Y vio el origen del Universo, que no era el Big Bang tal y como él había estudiado, sino una vibración del fondo energético que cubría todo el espacio universal; una red energética, que se extendía como una ondulación por todo el Universo.

Aquello que llamaba materia oscura, que trataba de investigar en el CERN, se le rebeló. Era el fondo de todo lo que existe, la base de la existencia, no de la vida, de TODO.

Mientras flotaba en el agua, reflexionaba:

¡Ya está!. La existencia es un fondo energético, permanece ahí de forma residual, aunque pudiéndose manifestar en determinadas condiciones: creando materia, creando vida…. Ese fondo universal energético, pura energía, tiene una entropía inicial cero. El Big Bang hizo aflorar esa energía, como un impulso me hace aflorar a mi en este preciso instante del agua. Pero el Big Bang no supuso una explosión, ni un desplazamiento, ni un movimiento. Simplemente fue energía que se manifestó como las olas del mar, que se propagan por el gran azul, o como las ondas del estanque, de este manantial, que aparentemente se mueven cuando cae un objeto sobre ella... Pero, en realidad, ni nada se movió durante el Big Bang, ni las ondas se mueven sobre el estanque, sino simplemente se manifiesta una energía que se hace visible mediante las ondas. Comprendió cuán ridículo es pensar en el movimiento de las galaxias y de los universos, unos supuestos movimientos enormes, que eran algo más sencillo: ondas.

Percibió que las ecuaciones y modelos matemáticos para descifrar el Universo se iban a simplificar tremendamente, como cuando Albert Einstein consiguió escribir energía igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado, de tremenda sencillez, pero recogiendo un profundo conocimiento. La revelación que se estaba produciendo era tal cual la del físico judío: profunda y sencilla. Las complejas ecuaciones matemáticas se iban a simplificar de forma tremenda. ¡Qué belleza! ¡Qué sencillez y magnificencia al mismo tiempo! El Universo, o mejor dicho la Existencia, no la materia, sino toda la Existencia, la energía, llamado Dios, energía vital o de mil maneras, aquello que existe, es el fondo de donde todo procede. Empezó a pensar en momentos en los que determinados seres humanos habían tenido acceso a estos conocimientos que él ahora comprendía con tanta nitidez. Cuando alguien dijo “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el principio de todas las cosas”.... no tenía un sentido religioso como entendemos hoy la religión, sino un sentido científico. Adam estaba teniendo acceso a ese conocimiento. Entendió que ese fondo energético, la luz del Universo, el principio y el fin, el Alfa y el Omega, la existencia infinita, es lo que se refleja en la realidad que nosotros contemplamos. En ese estanque puede haber infinitas ondas, infinitos universos, y en determinados momentos se pueden cruzar unas con otras, con su propio volumen. Con lo cual todo crece y la magnificencia de esta existencia toma dimensiones absolutamente impensables, inconcebibles, inconmensurables.

Inspirado, Adam continuó reflexionando, ya en voz alta:

El principio fue, el mal llamado Big Bang, fue esa puesta en vibración de ese fondo energético. Se inició, continuó, y se fue haciendo cada vez más complejo, de acuerdo con la vibración que hace que se ponga en funcionamiento aquello que conocemos como Universo. La gran vibración que, algunos pueden llamar Dios y otros de otra manera, fue el Big Bang. Y eso ocurrió hace unos 14.400 millones de años.

Adam seguía comprendiendo, y atando cabos. Percibió el origen de todo y cómo había ido evolucionando toda la programación. La mejor parábola que se le había ocurrido era un videojuego.

Es similar, infinitamente más complejo, pero es como un videojuego - comenzó a pensar -. Alguien activa un ordenador, lo conecta a la red, y esa pantalla oscura, negra, sin actividad, en un instante se ilumina e inicia el programa. No hay movimiento, sino simplemente una sucesión de imágenes, como los fotogramas de una película. La pantalla simplemente es la iluminación...es una energía que se desplaza mostrando ciertos elementos que nos hacen creer que están en movimiento, pero que no son más que un conjunto de fotogramas, como los de un video. El Universo estaba en calma absoluta al principio y el Gran Programador tiró una piedra a ese estanque. Puso en marcha la programación y se activó la existencia. La programación se desarrolló creando átomos sencillos, que a la vez se fueron interrelacionando y creando otros elementos cada vez más complejos, hasta generar las galaxias, las estrellas, los planetas, toda la materia, y finalmente, la vida, pero todo como parte de un algo, todo como una programación que activa esa energía y que la hace palpable y visible a nuestros ojos.

Desvió la mirada 180 grados, miró fijamente a un punto perdido en el infinito y concluyó:

Puede haber otros mundos en este mismo estanque, pero no hay esencialmente diferencia entre materia y vida. La vida es algo más complejo que la materia pero se origina también a raíz de esa programación.

Y así Adam entendió que habíamos llegado hasta hoy….

De repente a Adam sintió un escalofrío, un shock, como si el agua de la fuente Esmeralda se hubiera congelado. Había convertido a toda la existencia, a todos los seres humanos en una especie de pantalla… no en una pantalla plana, sino en 3D…

- ¿No existimos?. ¿Podemos desconectarnos? ¿Apagar la pantalla y desaparecer?

Una tremenda convulsión se produjo en su alma. Había una enorme contradicción. Aquello lo percibía con una claridad meridiana. Sólo existe una programación. No existimos individualmente. Esta idea le martillaba en la cabeza, le rompía todo, sentía...sentía…. un desasosiego enorme, al final tanto investigar para llegar a la conclusión de que no existía, pero algo en su mente quería rechazar esta teoría...no podía ser. Quería existir, volver al CERN, pedir perdón, olvidar todo esto. Estaba confuso. Quería olvidar esta idea...pero no podía ser.

De repente, se calmó, como si Emerald le hablara de nuevo y el collar, tomando y transmitiendo calor, descongelaba su alma:

Tranquilo Adam, todo tiene su sentido, relájate, debes aceptarlo, no te niegues, pues puede haber un rayo verde, un rayo esmeralda de esperanza que ilumina todo esto. Si te niegas, nunca verás el rayo verde y te quedarás anclado para siempre. Debes aceptar esto que es para tí ahora algo rompedor, terminal, catastrófico, y patético para la existencia… para la humanidad, que sufrirá este mismo shock… si lo aceptas y lo tienes claro podrás ser el cordón umbilical de la nueva humanidad, dándole oxígeno en el momento preciso.

Adam definitivamente comprendió que tenía que relajarse, que estar tranquilo, y confió en Emerald y en su rayo verde, y siguió adelante. Sintió que el agua volvía a tener una temperatura ideal y se calmó.

¿Qué ocurre ahora?. No existe nada, todo es una programación. ¿Y entonces? Acepto este paso, que todo es una programación, una piedra lanzada en un estanque, un videojuego activado. Pero, ¿qué va a suceder?, Emerald.

Percibió entonces el rayo verde que venía hacia él, algo especial: la consciencia de la propia existencia. Pero se hizo nuevas preguntas, formuladas por su interés científico insaciable.

¿Cómo puedo entender esta idea de consciencia y de no existencia o la existencia como una simple programación, sin un “yo” auténtico? ¿Soy un personaje de un videojuego?

Esa era la pregunta cuya respuesta daría sentido al videojuego. Y comprendió, con absoluta claridad, que no existía como ser material, con sus anhelos, sus complejos, sus dificultades, sus instintos… el videojuego generaba consciencia de la propia existencia. Todo el pasado de luchas, sacrificios, batallas… había sido necesario para llegar a un ser que disponía de una consciencia absoluta. Se sentía como aquel gusano que crecía infinitamente a medida que comía manzanas, protagonista de uno de los videojuegos de su niñez.

Si no existo individualmente, si no existimos como individuos, la única forma de existencia posible es que todos los seres formemos una consciencia universal que deviene existencia real, en el tiempo y en el espacio. Nuestros cuerpos envejecen, caducan y mueren… pero no así la consciencia universal que se encarna en ellos temporalmente para saltar después a otros cuerpos…. y se propaga como una onda en un estanque, hacia el infinito. Incluso estamos consiguiendo que esa consciencia se programe en máquinas que a diferencia de nuestros cuerpos podrán navegar indefinidamente por el espacio exterior. ¡Esta evolución, esta capacidad de onda expansiva, es asombrosa….! La energía inicial nos conduce a una vida eterna como parte de un Todo. ¡Samsara!, exclamó Adam recordando un concepto del sánscrito para describir el ciclo de la vida y reencarnación en otros cuerpos.

Emerald le volvió a hablar:

Estás en lo cierto, Adam. Todo el proceso del Big Bang ha sido generado, como una programación, para generar una consciencia universal. Nuestros cuerpos, nuestros instintos, el sexo, las ansias de poder, todo ello era parte del proceso, ondas en un estanque que se pierden, solo instrumentos, nada en realidad… la individualidad era la fórmula de evolucionar hacia esa toma de consciencia y una vez alcanzada la consciencia universal los individuos se deben autodestruir, dejando a un lado todos los instintos materiales. La catarsis que debe vivir el ser humano es justamente olvidarlo todo, olvidar la parte material, hacer fluir ese alimento energético para alcanzar la consciencia universal. Aquello que ha ocurrido es que ese fondo energético ha desarrollado una programación para crear una consciencia colectiva.

En ese momento Adam se sintió maravillado. Había percibido el motivo de la vida.Tenía claro que cuando se constituya la consciencia universal, la Humanidad lo comprenderá todo: no será necesario el CERN ni más centros de investigación. Esa consciencia podrá salir del Planeta y viajar por el espacio, no con cuerpos humanos, sino almacenada en un material prácticamente inmortal y que se auto regenere, pero sin ser carne. Esos seres inmateriales son Información, pura energía que genera semidioses.

En aquel momento Adam comenzó a salir de la surgencia Emerald. Se sentía iluminado por el rayo verde del conocimiento. Salió del agua, y, de repente, sintió un tremendo estremecimiento y escalofrío. Temía que no podría transmitir esa revelación. Toda su vida había tomado sentido: Sus años en la universidad, en el CERN, los estudios en todo el mundo, todo aquello había valido la pena, pues sin ello no habría comprendido los mecanismos del Universo…. pero al ver a Ibrahim se percató de la eterna dualidad que toda la vida le había perseguido. Tenía delante la gran dualidad: la física cuántica y la física mecánica. Y llegaba el momento de esta última. Tenía que aparcar a Einstein y recuperar a Newton. De volver a la vida “real”, a la cara de la moneda que los humanos solo conocían. ¿Qué ocurría con toda aquella gente que le estaba esperando? ¿Qué tenía que decirles? ¿Que todo era mentira? ¿Que eran personajes de un videojuego? ¿Que no existían?

Pero antes de decir nada, recordó que en la surgencia Emerald le iluminó un rayo: la consciencia. Sabía que ese era el sentido de la vida física. Era otra gran revelación: la del mundo mecánico, “real”, en el que todos vivimos, apoyándonos sobre ese gran estanque de energía universal que sostiene este mundo superficial…. un estanque que es el mundo cuántico. Para Adam, en ese momento, ambos mundos se conectaban. Einstein y Newton se daban un fuerte abrazo y juntaban las dos realidades. Como círculos conformando un ocho.

Comprendió aquello y empezó a ordenar sus ideas para poder expresar a Ibrahim y a sus compañeros lo que sentía. Emerald le había guiado hasta ahí, pero en realidad ya no le hacía falta para nada. Él estaba conectado y empezaba a crearse la consciencia universal. La vida en el Planeta tierra estaba empezando a crear esa consciencia necesaria para conectar el mundo mecánico con el mundo cuántico. Estaba convencido de que tenía que empezar a expresar, de manera espontánea, lo que sentía, sin preparar nada. Sabía que las palabras le iban a fluir, que los pensamientos le vendrían, y que no tendría que ordenar nada. Emerald se había evaporado, como la Berenice del relato de Allan Poe, estaba ya formando parte de la consciencia universal, a la que él tenía cada vez un acceso más nítido y más claro. Comprendió que ese era el sentido, que en algún momento él también se desvanecería, pero la consciencia universal era la única existencia y es lo único que quedaría tras la desaparición de cada uno de los seres, de la materia. Y se dispuso a hablar.


Capítulo XIIEditar

Cuando Adam se dispuso a exponer sus relevantes pensamientos se percató de que no tenía que pronunciar las palabras para comunicarse con quienes le rodeaban, de que le ocurría lo mismo que con Emerald. Aquello que pasaba por su mente era totalmente visible para las personas que allí se habían reunido, estaban todos conectados. Estaban todos maravillados de la transformación que estaban viviendo y requerían a Adam para que les hiciera entender todo lo que a él se le había revelado. Para ello solo tenía que pensar en lo que quería transmitir. Incluso sus enormes conocimientos científicos los podía transmitir a los demás a la velocidad de sus pensamientos.

Comenzó pensando que antes de que se iniciara el tiempo y el espacio, hace 14.400 millones de años, no había nada, ni por supuesto materia ni energía. Lo mismo que en el seno de la madre no hay nada de la futura vida antes de la fecundación.

Pero el Gran Hacedor - prosiguió en su mente sin pronunciar palabra - pone en marcha el gran proceso de engendrar una nueva existencia, que no es energía, no es materia, no es vida, solo Existencia con mayúsculas. Genera una singularidad que se alimenta de su madre, la anterior Existencia, y empieza a crear espacio y tiempo donde expandirse, como una nueva vida en el seno de la madre. Es Pura Información que viaja en forma de ondas sobre un substrato energético que ella misma genera, expandiéndose a una velocidad vertiginosa. Se ha engendrado un nuevo universo.La Información se clona a sí misma para expandirse por el nuevo espacio universal cual el ADN se clona en todas las células del nuevo ser. Entonces, la Información empieza su proceso de activar la generación de energía que a su vez se transformará en materia y finalmente en vida.


Las docenas de personas que le rodeaban se quedaron asombradas. Habían podido interiorizar aquel pensamiento sin oír a Adam y entre ellas se miraban comentando silenciosamente lo que acababan, no de escuchar, sino de sentir…. Esperaban que Adam prosiguiera con su exposición, y él mismo fijó en unos segundos la mirada en quienes tenía más cerca como queriéndoles avisar de que retomaba el monólogo. Pero antes de proseguir con su pensamiento, Adam “escuchó” una voz familiar en su mente, no la de Emerald, sino la de Ibrahim. Se le adelantó.

En este proceso de generación de energía, materia y vida desde el estado de la Información - explicaba su amigo tuareg - se produce la ruptura de la simetría inicial, dando lugar a la diversidad de formas materiales que se transformarán en galaxias, luego en estrellas, y después en planetas donde finalmente aparecerán muy diversas formas de vida. La Información sigue viajando a todos los confines del espacio tiempo. Eso permite crear la materia con sus leyes y finalmente la vida como ha ocurrido en la tierra. La diversidad hace que la vida pueda adaptarse a las diferentes condiciones ambientales de los diferentes planetas, aunque toda la vida emana de la misma fuente, la Información. Durante millones de años la materia evoluciona y llega a la vida que a su vez evoluciona basándose en las reglas que esa fuente les imprime a una y a otra. Adam comprendió que sus ideas no eran ya sus ideas, que la conexión colectiva estaba tomando forma.

Meng, un oriental que se encontraba entre ellos se animó a compartir sus pensamientos, a dar seguimiento a aquella teoría, añadiendo:

Para conseguir evolucionar la vida compite en sus diferentes formas buscando la máxima eficiencia. Las reglas de competición impresas en la genética de todos los seres vivos son lo que llamamos instintos y nos han permitido evolucionar hasta este momento en el caso concreto de la vida humana en el planeta tierra, lo mismo que está ocurriendo en otros millones de planetas en todo el universo, con otras formas de vida diferentes pero con la misma información original. Sin los instintos no habríamos podido sobrevivir y sin la lucha fratricida no habríamos evolucionado hasta el estadio en que estamos hoy. Son, o han sido, por tanto, básicamente buenos o al menos necesarios. Pero en estos momentos a la humanidad le provocan enormes sufrimientos porque dan lugar a las desigualdades, las luchas por el poder, las guerras y todas las calamidades que conocemos y de las que no nos podemos desprender porque se original en esa información grabada en la genética que nos obliga a competir ferozmente por la procreación, el alimento y, en suma, por el poder que nos facilita sobrevivir. El ser humano es una complejidad acabada perfectamente.

Adam no se esperaba que una persona hasta entonces desconocida por él prosiguiera con la exposición que tenía en mente, pero lejos de estar celoso por la pérdida de protagonismo en ese momento trascendental, se sentía maravillado, conectado, y casi inmortal, pues estaba convencido que formaba parte de un cuerpo, no de carne y hueso, sino de información, y que él, apenas un pelo que podía envejecer y caer en algún momento, no iba a suponer la muerte del gran ser que les engendraba.

De repente, una mujer amerindia, Berta, se lanzó a la exposición colectiva:

Así son las leyes de la Información que han generado este mundo de física mecánica, por llamarlo de alguna manera, el mundo de Newton. El objetivo final de este proceso lo estamos viviendo nosotros en este momento: Es crear seres que sean capaces, como somos, de tener Consciencia de nuestra propia existencia. Ese es el gran salto evolutivo que solo se puede producir cuando se alcanza un nivel suficiente de desarrollo tecnológico que permite a la vida dedicar parte su tiempo a filosofar y a investigar sobre su propia naturaleza. Nos encontramos, pues, en un momento crucial de nuestra existencia y por eso estamos aquí todos nosotros buscando explicaciones al pasado y al presente y el camino al futuro de la existencia. Mi padre una vez me dijo: Hay algunos a los que les toca dar la sangre a otros les toca dar la fuerza, así que mientras podamos nosotros demos la fuerza.

Con su mirada indígena, que expresaba la sabiduría de su pueblo, concluyó:

Hemos sido, los seres vivos, como orugas que se han arrastrado por la existencia sin saber dónde estábamos, que hacíamos, no a dónde íbamos pero sin más inquietudes. Pero he aquí que ahora somos conscientes de nuestra propia existencia y luchamos por nuestra transformación en otra forma de ser. Yo me veo como una crisálida que lucha por abandonar el capullo y salir a la luz de un día. Luz del día del conocimiento del mundo newtoniano en el que había vivido y del nuevo mundo cuántico que gobierna al anterior. Berta fue interrumpida por Kimpa Vita, otra mujer, al parecer africana.

Berta. ¿Te llamas así, verdad?. Es lo que siento. Estoy de acuerdo contigo y has expresado una bella figura. Ahora bien, yo, como africana, siento la necesidad de explicar el origen, y de recordar que el mundo cuántico es el mundo inicial de la Información que nos ha acompañado, aunque no lo viéramos, desde hace 14.400 millones años para traernos hasta aquí y ahora.

Entonces Adam, concluyó:

Me habéis dejado asombrado. Comparto todos vuestros pensamientos. Palabra, por palabra…. Salgamos del capullo y empecemos a volar como mariposas, en libertad, en el mundo cuántico. Ya lo estamos haciendo, nos comunicamos sin hablar, no tengamos miedo a volar, al principio lo haremos torpemente, pero a medida que por nuestras alas empiece a fluir la sangre del conocimiento, lo haremos sin miedo y podremos ser capaces de hacer auténticos milagros. Los instintos deben ser controlados, que no eliminados son la base de la vida, para poder pasar a vivir en el mundo cuántico en el que la consciencia colectiva sea nuestra razón de existir. Las ansias de eternidad que el ser humano posee se hacen realidad en ese mundo porque formamos parte de algo que perdura de forma colectiva, pero de forma individual todo muere y desaparece. El mundo cuántico es eterno. Está generando un nuevo ser que en el futuro se reproducirá y generará otro y otro y así hasta el infinito. Entremos sin miedo en ese mundo en el que compartiremos todo y al compartirlo nuestro conocimiento será infinito y completará el ciclo de la existencia en este universo. Individualmente no somos nada , colectivamente lo somos todo. Solo nuestros instintos nos impiden creer en esto y nos hacen inmensamente desgraciados.

Adam se sentía ya como la mariposa que sale del capullo y empezaba a volar, sin ningún esfuerzo, mientras se elevaba sobre un día primaveral, bajo un cielo azul radiante, iluminado por una luz inmensamente poderosa… Y se sentía con una fuerza infinita capaz de sobrevolar la surgencia Emerald y la frondosa y tremendamente vigorosa naturaleza que rodeaba al lago Victoria. La mariposa era ligera. Volaba en total libertad. Se había liberado de sus ataduras y ayudaba a aquella gente a iniciar esa misma transformación.

En realidad, todo era una metáfora. Se daba cuenta por un instante de que su cuerpo estaba en el suelo, pero lo que se elevaba hacia el infinito era su consciencia, una consciencia que se diluía en la consciencia universal, infinita, y perdía su propia consciencia, todo el viejo equipaje.

El mundo newtoniano se relegaba a su justo lugar. La oruga se quedaba atrás para devenir un ser ultraligero que volaba en absoluta libertad, con libertad de espíritu y pensamiento. Emerald ya no estaba. Al integrarse poco a poco en el mundo cuántico dejaba atrás los recuerdos que le ataban al mundo físico, y que le impedían que toda su capacidad cerebral comprendiera el mundo cuántico. Había sido necesaria toda su vida física, sus estudios, la universidad, el trabajo en el CERN, la huída… Todo ese periplo supuso la transformación de la oruga. No renegaba nada de lo anterior. Ni de la educación severa que había recibido de sus padres, ni de la estructura del CERN, ni de los políticos corruptos, ni de la supuesta maldad humana, que no era tal…. que era parte de la tormenta anterior a una primavera. Había sido necesario todo ese proceso para que él fuera la mariposa que revoloteaba sobre la madre África, entendiendo todo el mundo cuántico que no había sido capaz de comprender a lo largo de años encerrado en el CERN. La mariposa que ya era comprendía todo. Se sentía inmensamente poderosa. Emerald se había evaporado, ya no podía conectarse con ella, pero se sentía conectado con Algo más maravilloso, con el mundo cuántico, con el conjunto de la Existencia.

Adam entendía la liberación de la crisálida como la felicidad suprema que procede de la libertad… la libertad que anhela todo ser humano que lucha por salir del capullo que la oprime, para convertirse en crisálida.

Ibrahim añadió:

Ahora comprendo por qué han perseguido a Adam, le han intentado matar… porque hay seres corroídos por el miedo de convertirse en crisálida, porque temen qué hay después de esa transformación. Es la liberación del peso enorme de la individualidad y la integración en la consciencia universal lo que hay después de esa transformación. Sin embargo, sus enemigos tienen miedo a morir como individuos, a que la verdad universal los diluya en la inexistencia, que a la vez nos iguala como son iguales todas las gotas en un inmenso manantial.

Adam se asombraba de ver y oír cómo sus pensamientos eran compartidos y pronunciados por aquella gente. Todas esas decenas de personas, hombres y mujeres, comenzaban a hablar entre ellos, a intercambiar ideas, a liberarse poco a poco de sus cuerpos de orugas. A él, esa catarsis psicológica era la que más esfuerzo le había costado. Sus conocimientos de física cuántica le permitía intuir que existía una base sobre la que se apoya el mundo físico, le permitía intuir que existía un Gran Hacedor, pero esa catarsis había requerido de un esfuerzo individual enorme, asombroso, pues las ataduras del capullo habían sido inmensas. Pero roto ese momento, la felicidad era suprema y cada vez mayor cuando presenciaba que las demás personas, orugas, se liberaban y comenzaban a volar. Adam no podía dejar de mirar hacia su adentro y comprenderse como esa mariposa volando con esa absoluta libertad y alimentándose de lo más hermoso que hay en la Naturaleza… de esa belleza que es el reflejo del mundo cuántico, a la vez que espiritual, que empezaba a intuir.

Se estaba adentrando en otro mundo, comprendiendo de otra manera la física cuántica, y se sentía en el Paraíso. Nunca se había imaginado llegar a estos límites de hedonismo. ¿Era esto el Nirvana? ¿Era el Cielo de Jesús y otros Profetas? Tal vez había habido muchos seres anteriores que habían logrado una experiencia similar y habían intentado transmitirlo. Seguramente era así. Las personas que alcanzaban la emergencia eran más de un centenar, docenas de docenas, 144 varias veces… Ibrahim le había dicho que le estaban esperando a él, pero lo cierto es que era uno más. No era un privilegiado. No era necesario ser un físico cuántico, ni tener 170 de coeficiente intelectual para vivir y sufrir una transformación. La catarsis de la humanidad se estaba dando a borbotones y muchos de los humanos que vivían ese proceso, ese cambio, eran limitados física, cerebral, y mentalmente, pero disponían de una inteligencia emocional maravillosa.

Al ver aquella mutación colectiva, comprendió que no debía hacer ninguna labor mesiánica. Cada cual debía hacer su camino y su peregrinaje hasta las fuentes del Nilo, hasta la emergencia Emerald, para encontrarse… Otros, en vez de ir a las fuentes, irían a los glaciares de la Antártida, o al desierto del Sáhara, o a caminar por la tundra en el hemisferio norte, o a recorrer los lagos de Alaska, o a recrearse en la visión de la gran barrera de coral australiana, o subiendo las cimas del Himalaya. Cada uno encontrará su propia surgencia y seguirá a su Emerald. Este era su último acto de humildad. Necesitaba liberarse de la última parte del capullo: creerse más inteligente que los demás porque tenía un coeficiente intelectual muy alto y porque había sido uno de los altos miembros de la investigación en una entidad tan prestigiosa como el CERN. Comprendió que probablemente Ibrahim había alcanzado este estado en el que él estaba hace mucho tiempo y que tal vez lo que hacía era ayudar en el recorrido a las personas que luchaban por liberarse del capullo, por completar la catarsis. De hecho, Ibrahim permanecía ahí abajo, con su túnica, mientras todas esas decenas de personas se elevaban creando un mar de mariposas multicoloridas y, sobre todo, libres.

Todas abrazaban el mundo cuántico. Sabían que iban a aportar sus conocimientos científicos, unas, sus experiencias personales, todas, a una consciencia universal ilimitada que permitiría a la vida gobernar el mundo físico y avanzar en el destino que el Gran Hacedor había elegido no ya para la subespecie humana, sino para la vida. Cuando terminase de integrarse en la consciencia universal lo comprendería. Ahora solo le quedaba decir definitivamente adiós a su individualidad y entregarse a la consciencia colectiva. Sintió un último temor de dejar atrás su vida pasada para convertirse en una mínima parte de algo grande. Sintió un tremendo escalofrío cuando iba a dar el paso definitivo. Sabía que iba a esfumarse de este mundo, como antes lo hizo Emerald. Miró a su alrededor, y se despidió del mundo físico. Hizo un último esfuerzo mental, algunos recuerdos se sucedieron por unos instantes tan rápidamente como se desvanecieron, dijo adiós a todo lo que le había rodeado y voló, voló como una mariposa, hacia el infinito cuántico, para siempre jamás, confundiéndose entre todas las demás.

FIN